| Fulgores de Dios |
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Capítulo
1 -
Dios es un autor |
El primer día de cada una de mis clases que enseño en el Seminario Teológico
Adventista en la Universidad Andrews, tomo un tiempo para describir a los
alumnos las metas y los requisitos de la clase, incluyendo una introducción a
los libros de texto. Quiero que mis estudiantes comprendan los puntos fuertes de
los libros, y cómo el estudiarlos fortalecerá su capacidad de razonamiento. Es
necesario el discernimiento, porque muchas "teologías" están compitiendo por
nuestra atención hoy.
Para complicar las cosas,
la mayoría de los sistemas religiosos tienen lo que se suele llamar un texto
sagrado. El libro que los cristianos llaman "Sagradas Escrituras" se considera
a menudo como uno de ellos. Se piensa, y aun lo hacen algunos cristianos, como
la mejor literatura espiritual que salió del cristianismo, pero luego se la
iguala con los escritos del budismo o del Islam, con el
Bhagavad Gita del hinduismo, o aun con
los excelentes materiales devocionales de Martin Luther King o de la Madre
Teresa de Calcuta. La implicación es que cada tradición religiosa genera unas
pocas personas espiritualmente avanzadas, que expresan reflexiones comparables.
Algunos hasta alegan que es el colmo de una mente cerrada, o de la arrogancia de
los cristianos, que insistan que su "texto sagrado" es el mejor o que es más
importante que otros.
Sin embargo, ¿son todos los textos sagrados realmente iguales? ¿Por qué insisten
los cristianos en que su Santa Biblia contiene la única verdad absoluta? ¿Por
qué pretenden que el "libro de texto" primario de la fe cristiana tiene una
autoría divina?
Por supuesto, la Biblia no es un libro de texto según la definición moderna de
la palabra. Pero es un libro, sin duda. Y, además, singular. Los materiales
bíblicos merecen ser evaluados con atención, notando las suposiciones
fundamentales y los parámetros dentro de los cuales actúan muchos de los
escritores bíblicos. Damos gracias, porque a menudo se los expresa claramente.
Primero, ninguno de los escritores bíblicos intentó alguna vez demostrar la
existencia de Dios. Sin excepción, todos dan por sentado que él existe. Por
ejemplo, los profetas bíblicos pretenden tener un conocimiento real de un Dios
infinito. Están absolutamente seguros de que Dios habla por medio de ellos
cuando truenan: "¡Así dice Jehová!" El autor Fleming Rutledge dice con
discernimiento:
"El testimonio de la Biblia
es que todos los otros dioses bajo el sol son un producto de la conciencia
humana, excepto únicamente el Dios del Antiguo Testamento y del Nuevo
Testamento. Sea que lo creamos o no, debemos admitir que es una pretensión
majestuosa. Estoy más convencido que nunca de que las Escrituras ponen delante
de nosotros algo, o más bien a Uno, que está mucho más allá de cualquier cosa
que la imaginación humana, sin asistencia especial, pudo soñar".
[i]
Además, los escritores bíblicos creen en Dios cuando declaran que él puede
predecir el futuro y que el hacerlo destaca su divinidad:
"Alegad por vuestra causa, dice Jehová; presentad vuestras pruebas, dice el Rey
de Jacob. Traigan, anúnciennos lo que ha de venir; dígannos lo que ha pasado
desde el principio, y pondremos nuestro corazón en ello; sepamos también su
postrimería, y hacednos entender lo que ha de venir. Dadnos nuevas de lo que ha
de ser después, para que sepamos que vosotros sois dioses".
"He aquí se cumplieron las cosas primeras, y yo anuncio cosas nuevas; antes que
salgan a luz, yo os las haré notorias".
"Aun antes que hubiera día, yo era; y no hay quien de mi mano libre. Lo que hago
yo, ¿quién lo estorbará?" (Isaías 41:21-23; 42:9; 43:13).
Por medio de los profetas, Dios anuncia grandes profecías de tiempo con respecto
a la historia de las naciones y también de la venida del Mesías. Algunas mentes
modernas suponen que el Autor de las Escrituras no podría ser tan preciso, y
sugieren que las profecías predictivas fueron escritas después del hecho. Sin
embargo, esta actitud moderna de dudar de la capacidad de Dios para predecir el
futuro nunca aparece en las Escrituras.
Además, todos los escritores bíblicos están absolutamente seguros de que, aunque
infinito, Dios puede comunicarse con los seres humanos, y lo hace. Nunca
conceden que el lenguaje humano es alguna clase de barrera para la comunicación
directa de Dios. De hecho, con gran frecuencia, se menciona que Dios es la
Persona real que habla por medio del profeta; por ejemplo, las palabras de Elías
en 1 Reyes 21:19, a las que se refiere 2 Reyes 9:25 y 26 como la sentencia que
"Jehová pronunció [...] sobre él", en donde ni se menciona a Elías. El mensaje
de un profeta siempre es considerado equivalente a un mensaje directo de Dios.
Esta identificación de las palabras de un profeta con las palabras de Dios es
tan fuerte en el Antiguo Testamento que a menudo leemos que Dios habló "por
medio de" un profeta. Y, desobedecer las palabras de un profeta era desobedecer
a Dios. En Deuteronomio 18:19, Dios le indica a Moisés acerca del profeta
venidero: "Cualquiera que no oyere mis palabras que él hablare en mi nombre, yo
le pediré cuenta". Y, cuando Saúl desobedece la orden de Samuel en Gilgal, este
lo reprende: "Locamente has hecho; no guardaste el mandamiento de Jehová tu Dios
que él te había ordenado [...] mas ahora tu reino no será duradero. [...] por
cuanto tú no has guardado lo que Jehová te mandó" (1 Samuel 13:13,14). Aunque
Isaías 1:20 declara que "la boca de Jehová lo ha dicho", Pedro más tarde afirma
que Dios habló "por boca de sus santos profetas que han sido desde tiempo
antiguo" (Hechos 3:21).
Se presenta a los profetas
del Antiguo Testamento, en forma consistente, como mensajeros enviados por Dios
para hablar las palabras de él. De hecho, una característica distintiva de los
verdaderos profetas es que no hablan sus propias palabras. El uso repetido de la
fórmula introductoria "así dice Jehová" –o su equivalente–, que se usó
centenares de veces, unifica la plena autoridad de los mensajes proféticos dados
por docenas de mensajeros.
[ii]
En todo el Antiguo
Testamento, se subraya repetidamente que los mensajes proféticos vinieron de
Dios. Dios le dijo a Moisés: "Yo estaré con tu boca, y te enseñaré lo que hayas
de hablar" (Éxodo 4:12;
cf. 24:3); a Jeremías y a Ezequiel: "He
aquí he puesto mis palabras en tu boca" (Jeremías 1:9); "Les hablarás, pues, mis
palabras" (Ezequiel 2:7;
cf. 3:27). Y se tiene por responsables a
las personas que rehúsen escuchar a un profeta, por no seguir "las palabras de
Jehová, las cuales dijo por el profeta Jeremías" (Jeremías 37:2). Un profeta no
está hablando de parte de Dios. Más bien, Dios habla por sí mismo a través de
sus profetas. Y, se supone que el lenguaje humano es capaz de transmitir la
comunicación divina.
Los profetas bíblicos
experimentaron mucho más que meramente un "encuentro divino" que implantaba
alguna convicción mística y/o admiración por Dios en sus corazones. Dios no
transmite solamente sentimientos gloriosos sino que imparte información real.
Siempre que Dios aparece en las Escrituras, dice algo. De hecho, es notable que
una Persona del Dios
triuno es conocida como la
Palabra.
Estrechamente conectados
con la palabra directa de Dios, uno encuentra muchos informes de un profeta que
escribe las palabras de Dios que se toman como investidos con plena autoridad.
Unos pocos ejemplos pueden recordarnos este punto vital: "Y Jehová dijo a
Moisés: Escribe esto para memoria en un libro"; "Y Moisés escribió todas las
palabras de Jehová" (Éxodo 17:14; 24:4); "Y cuando acabó Moisés de escribir las
palabras de esta ley en un libro hasta concluirse [...]" (Deuteronomio 31:24);
"Y escribió Josué estas palabras [estatutos y leyes, y las palabras del Pacto
renovado, vers. 25] en el libro de la ley de Dios" (Josué 24:26; sobre Josué
como profeta,
cf. 1 Reyes 16:34; Josué 1:5, 16-18);
"Samuel recitó luego al pueblo las leyes del reino, y las escribió en un libro,
el cual guardó delante de Jehová" (1 Samuel 10:25).
Aun el proceso del registro
fue divinamente controlado, pues el escritor es "inspirado" o "movido" (2 Pedro
1:21, Reina-Valera 1960 [RVR] y
Biblia de Jerusalén [BJ]). Por ello,
esta comunicación escrita tiene autoridad divina, como testifica Moisés: "No
añadiréis a la palabra que yo os mando, ni disminuiréis de ella, para que
guardéis los mandamientos de Jehová vuestro Dios que yo os ordeno" (Deuteronomio
4:2). La Escritura concluye con un sentimiento similar:
"Yo testifico a todo aquel que oye las palabras de la profecía de este libro; si
alguno añadiere a estas cosas, Dios traerá sobre él las plagas que están
escritas en este libro. Y si alguno quitare de las palabras del libro de esta
profecía, Dios quitará su parte del libro de la vida, y de la santa ciudad y de
las cosas que están escritas en este libro" (Apocalipsis 22:18, 19).
La revelación divina nunca es controlada por los seres humanos. No es un logro
humano sino exclusivamente una actividad divina. Dios es el Autor de las
Escrituras. Así, lo que encontramos en la Biblia no es una colección de
intuiciones penetrantes acerca de la Deidad, o profundas percepciones humanas.
Los escritores de ambos Testamentos, en forma consistente, testificaron que su
conocimiento de Dios no era el producto final de su búsqueda diligente de lo
divino, ni sus mejores pensamientos acerca de asuntos elevados. El conocimiento
de Dios proviene exclusivamente de la iniciativa de Dios.
Los apóstoles del Nuevo Testamento escribieron con la misma autoridad absoluta
que los profetas del Antiguo Testamento, insistiendo en que hablaban por el
Espíritu Santo (1 Pedro 1:10-12), a quien acreditaban el contenido de su
enseñanza (1 Corintios 2:12, 13). En forma significativa, el mismo Pablo, quien
exhorta a los creyentes a trabajar unidos en paz, puede usar un lenguaje áspero
para defender las verdades absolutas que él predicó (Gálatas 1:6-9). Como en el
Antiguo Testamento, los escritores del Nuevo Testamento son muy "directivos", al
pronunciar órdenes con absoluta autoridad (1 Tesalonicenses 4:1, 2; 2
Tesalonicenses 3:6, 12).
Los profetas y los
apóstoles no describen de qué manera ellos reconocían la "palabra de Dios"
cuando les llegaba, pero es claro que estaban seguros de que Dios había hablado.
A veces dicen cosas que ellos no comprenden y que hasta objetan; no obstante,
nunca dudan del origen divino del mensaje. Sin embargo, la Biblia no fue dictada
verbalmente por Dios. El mensajero humano es guiado divinamente en la selección
de palabras apropiadas, y así las palabras proféticas son llamadas "la Palabra
de Dios". "El proceso de la inspiración no era mecánico. Dios no trató a los
autores humanos como máquinas de recibir dictado o grabadoras, sino como
personas vivientes y responsables".
[iii] La
individualidad de cada escritor es evidente; no obstante, los elementos humano y
divino son virtualmente inseparables, como indica Elena de White:
"Pero la Biblia, con sus
verdades de origen divino expresadas en el idioma de los hombres, es una unión
de lo divino y lo humano. Esta unión existía en la naturaleza de Cristo, quien
era Hijo de Dios e Hijo del hombre. Se puede, pues, decir de la Biblia lo que
fue dicho de Cristo: 'Aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros'
(Juan 1:14)".
[iv]
Ambos Testamentos, aunque
fueron escritos por muchos autores humanos, revelan una continuidad, coherencia
y unidad básicas. "La mejor explicación de esta unidad parece ser la actividad
protectora de un solo Autor divino detrás de los autores humanos".
[v] Las extensas
citas del Antiguo Testamento que aparecen en los escritos del Nuevo Testamento
indican que el Antiguo Testamento era considerado como una revelación divina.
Las mentes de los escritores del Nuevo Testamento están saturadas con el
Antiguo Testamento. Se refieren a él y lo citan extensamente. Unos pocos de los
centenares de ejemplos incluyen las palabras de Isaías (Isaías 7:14) citadas
como "lo dicho por el Señor por medio del profeta" (Mateo 1:22). Citando "lo
dicho por el profeta Joel" (Joel 2:28-32), Pedro inserta "dice Dios",
atribuyendo a Dios las palabras de Joel (Hechos 2:16, 17). Cuando Pablo y
Bernabé citan Isaías 49:6, lo presentan como algo que "nos ha mandado el Señor"
(Hechos 13:47). Pablo escribe que el Espíritu Santo habló por medio del profeta
Isaías (Hechos 28:25). También cita el discurso de Dios en Éxodo 9:16 como "la
Escritura dice a Faraón" (Romanos 9:17), otra vez igualando el Antiguo
Testamento con lo que Dios dice. De un modo similar, el apóstol construye un
argumento poderoso sobre el Antiguo Testamento para el evangelio, en el libro de
Romanos.
Los cuatro evangelios hacen que sea notablemente evidente que Jesús se sometió
sin reservas a la autoridad absoluta del Antiguo Testamento. Cita Génesis 2:24
como palabras que Dios dijo (Marcos 19:5). Habla de "toda palabra que sale de la
boca de Dios" (Mateo 4:4), citando el Antiguo Testamento (Deuteronomio 8:3), que
es fundacional para su enseñanza. La profecía del Antiguo Testamento es el
modelo para su vida, como a menudo declaró: "Se cumplió lo dicho por el
profeta", y "Escrito está".
Nunca reprendió a los teólogos judíos de su tiempo por estudiar el Antiguo
Testamento, sino solo por permitir que la tradición humana oscureciera y aun
falsificara la Palabra escrita de Dios (Mateo 15:1-13). Preguntó: "¿No habéis
leído lo que hizo David [...]? ¿O no habéis leído en la ley [...]?" (Mateo 12:3,
5). Cuando le preguntaron sobre el tema del divorcio, respondió: "¿No habéis
leído [...]?" (Mateo 19:4). Su respuesta a quienes les molestó que los niños
aclamaran en el Templo fue "Sí; ¿nunca leísteis [...]?" y luego citó del Antiguo
Testamento (Mateo 21:16). Una vez, cuando dudaron de su autoridad, Jesús les
contó una parábola, y concluyó con estas palabras: "¿Ni aun esta escritura
habéis leído [...]?" (Marcos 12:10).
En respuesta a la pregunta de un intérprete de la ley, Jesús le preguntó: "¿Qué
está escrito en la ley? ¿Cómo lees?" (Lucas 10:26). El intérprete contestó con
una cita de los Diez Mandamientos, y Jesús afirmó: "Bien has respondido"
(10:28). Respondiendo a los saduceos con respecto al matrimonio en el cielo, él
dijo: "Erráis, ignorando las Escrituras [...] ¿No habéis leído lo que os fue
dicho por Dios, cuando [...]?" (Mateo 22:29, 31). Jesús preguntó a un fariseo
destacado, Nicodemo: "¿Eres tú maestro de Israel, y no sabes esto?" (Juan 3:10).
Interrogado acerca de los eventos finales, Jesús se refirió a Daniel (Mateo
24:15).
"Hoy, a veces se argumenta
que la veracidad de la Biblia no necesariamente incluye los detalles
históricos. No obstante, Jesús y los escritores del Nuevo Testamento aceptan la
historicidad del Antiguo Testamento, alegando que las narraciones históricas del
Antiguo Testamento verifican acciones futuras de Dios".
[vi]
La calidad estética de las Escrituras no debería pasar inadvertida. La
naturaleza exquisita de la antigua poesía hebrea ha sido por mucho tiempo
exaltada. En las últimas décadas, la calidad literaria de las narraciones
bíblicas finalmente ha sido reconocida, admitiendo que estas historias no fueron
escritas principalmente para niños, sino que eran expresadas por adultos por
medio de expresiones literarias dotadas de autoridad. Dios, el Autor de la
Escritura, utiliza valores estéticos para intensificar su revelación. La
inspiración divina involucra la forma así como el contenido.
Aunque la Biblia pueda parecer una colección enigmática de materiales
aparentemente no relacionados: poesía, códigos legales, sermones, cartas,
profecías, parábolas, anales reales y genealogías, están todos unidos bajo una
cubierta, y permite que la Escritura sea mal leída o mal interpretada. Muchos de
los escritores bíblicos, aun Cristo mismo, advierte contra enseñanzas y
maestros falsos. Gracias a Dios, el Señor Jesús provee una clave vital de
interpretación: "Escudriñad las Escrituras [...] ellas son las que dan
testimonio de mí" (Juan 5:39). El apóstol Pablo, un erudito judío altamente
educado (Hechos 22:3), testifica que, cuando vio a Jesús en el Antiguo
Testamento, de sus ojos se desprendió un velo (2 Corintios 3:14-16). Jesús
interpretó el Antiguo Testamento para dos discípulos que viajaban a Emaús el
Domingo de Resurrección, haciendo que sus corazones "ardan" (Lucas 24:32),
presentándose como el tema principal de la interpretación de la Sagrada
Escritura, y la clave para hacerlo. Todo el Antiguo Testamento está resumido en
él.
Elena de White defiende enfáticamente la inspiración divina de toda la Biblia:
"¿Qué hombre hay que se
atreva a tomar la Biblia y decir que esta parte es inspirada y aquella otra no
lo es? Preferiría que me arrancaran ambos brazos antes de que jamás hiciera una
declaración o impusiera mi juicio sobre la Palabra de Dios en cuanto a qué es
inspirado y qué no lo es [...]. Nunca permitáis que un hombre mortal juzgue la
Palabra de Dios o dictamine cuánto de ella es inspirado y cuánto no es
inspirado, o que esta porción es más inspirada que algunas otras porciones. Dios
le amonesta que se retire de ese terreno. Dios no le ha dado una obra tal para
hacer. [...] Os exhortamos a que toméis vuestra Biblia, pero no pongáis una mano
sacrílega sobre ella y digáis: 'Esto no es inspirado' sencillamente porque algún
otro lo ha dicho. Ni una jota ni una tilde jamás deben ser sacadas de la
Palabra. ¡No lo hagáis, hermanos!
No toquéis el arca".
[vii]
Dios mismo expresó igual idea:
"Jehová dijo así: El cielo
es mi trono, y la tierra estrado de mis pies; ¿dónde está la casa que me habréis
de edificar, y dónde el lugar de mi reposo? Mi mano hizo todas estas cosas, y
así todas estas cosas fueron, dice Jehová; pero miraré a aquel que es pobre y
humilde de espíritu, y
que tiembla a mi palabra" (Isaías 66:1,
2; el énfasis fue añadido).
En la Escritura, nos confrontamos con el divino Autor que se expresa ricamente,
con hermosura y con verdad, porque él suspira por sus hijos y procura de veras
comunicarles su amor por ellos. Fleming Rutledge expresa mis sentimientos en
forma magnífica:
"Cada vez que pienso que
estoy perdiendo mi fe, la historia bíblica me atrapa otra vez con una vida que
es de ella. Ningún otro documento religioso tiene este poder. Quedo convencido,
a pesar de todos los argumentos, que Dios realmente habita en este texto. Con
Job, digo otra vez: 'De oídas te había oído; mas ahora mis ojos te ven. Por
tanto, me aborrezco, y me arrepiento en polvo y cenizas" (Job 42:5,6). [...] El
Dios que les proclamamos hoy no es la 'vaga abstracción' de los filósofos o la
'sombra sin sustancia' de la Nueva Era. [...] Él es el Dios viviente".
[viii]
[ii]
Por ejemplo:
"Palabra de
Jehová que vino a Jeremías,
diciendo: Ponte a
la puerta de la casa de Jehová, y proclama allí esta
palabra, y di:
Oíd
palabra de Jehová,
todo Judá, los que entráis por estas puertas para adorar a Jehová.
Así ha dicho Jehová de los ejércitos, Dios de Israel:
Mejorad vuestros caminos y vuestras obras, y os haré morar en este
lugar" (Jeremías 7:1-3, el énfasis fue añadido).
[iii]
John Stott,
The Authority of the Bible
(Downers Grove, III.: InterVarsity Press [IVP], 1974), p. 158.
[iv]
El conflicto de los siglos,
p. 8. También: "No son las palabras de la Biblia las inspiradas, sino
los hombres son los que fueron inspirados. La inspiración no obra en las
palabras del hombre ni en sus expresiones, sino en el hombre mismo, que
está imbuido con pensamientos bajo la influencia del Espíritu Santo.
Pero las palabras reciben la impresión de la mente individual. La mente
divina es difundida. La mente y la voluntad divina se combinan con la
mente y la voluntad humanas. De ese modo, las declaraciones del hombre
son la palabra de Dios"
(Mensajes selectos,
tomo 1, p. 24).
[v]
John Stott,
Ibíd., p. 163.
[vi]
Wayne Grudem declara acertadamente: "Tal vez no se ha declarado en forma
suficientemente enfática que
en ninguna parte
del Antiguo Testamento o del Nuevo Testamento algún escritor da
algún indicio de
una tendencia a desconfiar o a considerar ligeramente no confiable
cualquier otra parte de la Escritura. Centenares de textos estimulan al
pueblo de Dios a confiar en las Escrituras completamente, pero ningún
texto anima a ninguna duda o a la más mínima desconfianza en las
Escrituras" (Wayne A. Grudem, "Scripture's
Self-Attestation and the Problem of Formulating a Doctrine of Scripture",
en D. A. Carson y John D. Woodbridge, eds.,
Scripture and Truth
[Grand Rapids, Mich.: Baker Book, 1992], p. 31; el énfasis es de
Grudem).
[vii]
"Comentarios de Elena G. de White", en el
Comentario bíblico adventista,
tomo 7, p. 931 (el énfasis fue
añadido).