| Gálatas: Una respuesta apasionada para una iglesia con problemas |
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| Capítulo 10 - Los dos pactos |
En la actualidad,
probablemente ningún tema de las Escrituras genera más malentendidos que el de
los dos pactos. Tanto el Nuevo Testamento como el Antiguo hablan de un pacto
«nuevo» y de uno «antiguo». En ambos casos, las Escrituras describen el nuevo
en términos positivos, mientras que señalan que el antiguo es defectuoso e
inadecuado. La confusión surge por varias declaraciones negativas de Pablo en
cuanto a la ley y el antiguo pacto (2 Corintios 3:6-9), y, en particular,
Gálatas 4:24, pasaje en el que asocia el antiguo pacto con la promulgación de la
ley en el monte Sinaí. En consecuencia, algunos cristianos creen que la
promulgación de la ley en el Sinaí es incoherente con el evangelio, incluso han
llegado a concluir que el pacto dado en el Sinaí representa una época en la
historia de la humanidad cuando la salvación dependía de la obediencia a la
ley, y que, puesto que ese método acabó demostrando ser infructuoso, Dios tuvo
que dar lugar a una nueva dispensación en la que la salvación ya no tenía como
base la obediencia, sino la gracia disponible a través de Jesús en el nuevo
pacto.
.
Así, muchos identifican a
Jesús y el Nuevo Testamento como el nuevo pacto, y entienden que la ley y el
Antiguo Testamento pertenecen al antiguo pacto. El problema de esta perspectiva
es que pasa por alto el hecho de que las Escrituras nunca restringen la promesa
del nuevo pacto a la gente que vive después de los días de Jesús: era también
una promesa que había sido dada a los creyentes del Antiguo Testamento mucho
antes del nacimiento de Jesús. El siguiente diagrama ilustra el típico punto de
vista dispensacionalista sobre los pactos.
El vocablo hebreo traducido
«pacto» es
berít.
Esta palabra aparece casi trescientas veces en el Antiguo Testamento y se
refiere a un contrato, un acuerdo o un tratado legalmente vinculante que
estipula la naturaleza de una relación entre personas diversas. Los pactos
pueden implicar acuerdos mutuos entre dos o más personas, como en un contrato
mercantil, o pueden ser una decisión unilateral, como un testamento. En
cualquiera de los dos casos, un pacto requería que todos los intervinientes
fuesen «fieles» en el cumplimiento de las obligaciones asociadas con su
compromiso. Los pactos mencionados específicamente en el Antiguo Testamento son
de diferentes tipos e incluyen los personales entre individuos (Génesis
21:22-34; 31:44-54; 2 Samuel 3:12, 13), contratos matrimoniales (Malaquías
2:14), pactos entre reyes y sus súbditos (2 Samuel 5:3; 2 Reyes 11:17; Jeremías
34:8) y alianzas entre naciones (1 Reyes 15:19; Ezequiel 17:13).
Aunque los detalles
específicos variaban de un pacto a otro, el núcleo de cada pacto incluía un
aspecto relacional que traía consigo una obligación de fidelidad por las partes
representadas. Vemos un buen ejemplo de esto en el pacto entre David y Jonatán.
El pacto mutuo formal que decidieron hacer contenía mucho más que sentimientos
de afecto entre buenos amigos (1 Samuel 18:3). También «los obligaba a demostrar
[se] lealtad y cariño mutuos de ciertas maneras tangibles».
[1] La forma
en que se llevó a cabo realmente la encontramos presentada gráficamente en la
manera en que Jonatán arriesgó su propia seguridad hablando favorablemente de
David cuando su padre, el rey Saúl, estaba decidido a difamar el carácter de
David. También aflora en la forma en que advirtió a David que huyera cuando Saúl
se hubo propuesto matarlo (1 Samuel 19:20). Jonatán estaba dispuesto a ser fiel
a su palabra, aunque ello le costara la vida.
De la
misma manera que los contratos y los acuerdos legales desempeñan un papel en
nuestra vida contemporánea, los pactos tuvieron un papel integral en la
definición de la naturaleza de las relaciones cotidianas entre personas y
naciones en todo el mundo antiguo durante miles de años. Sin embargo, sí que
había una diferencia fundamental entre entonces y ahora. Mientras que
formalizamos un acuerdo oficial poniendo nuestro nombre y firmando un acuerdo
escrito, en la antigüedad los pactos en el Próximo Oriente solían conllevar la
muerte de animales como parte del proceso de establecer o, literalmente,
«cortar» un pacto.
¿Qué
papel desempeñaba la muerte de un animal? La muerte de los animales simbolizaba
qué ocurriría a cualquiera de las partes si dejaban de cumplir las promesas y
las obligaciones a las que el pacto las obligaba. Un ejemplo de este aspecto de
un pacto antiguo aparece en el siguiente fragmento de un pacto entre el
gobernante asirio Ashur-nirari V y su vasallo Mati'-ilu.
«Esta cabeza no es la
cabeza de un cordero tierno; es la cabeza de Mati'-ilu, es la cabeza de sus
hijos, sus magnates y el pueblo de [su tie]rra. En el [supuesto caso de que]
Mati'-ilu [pecase] contra este tratado, que igual que se c[orta] la cabeza de
este cordero tierno y se le pone el codillo en la boca, [...] sea cortada la
cabeza de Mati'-ilu, y sus hijos [y magnates] sean arro[jados] en [. ..]».
[2]
¡Y
pensar que hoy nos quejamos de los árboles desaprovechados en el papel que
consumimos! Desde luego, ello es insignificante si se lo compara con el número
de animales sacrificados como parte de acuerdos antiguos. ¿Te imaginas el
alboroto de los activistas de los derechos de los animales si la práctica
siguiese siendo común en la actualidad?
Además de los pactos hechos
entre humanos, uno de los aspectos más sorprendentes del Antiguo Testamento es
que Dios decidió vincularse a su pueblo entrando en una relación formal de pacto
con él. De hecho, el tema del pacto de Dios con su pueblo no es simplemente un
aspecto aislado de las Escrituras. Siendo la imagen dominante de la salvación en
todo el Antiguo Testamento, es la manera definitiva en que Dios explica su plan
para deshacer las consecuencias del pecado y devolver la raza humana a la debida
relación con él. El finado Hans LaRondelle señala: «Desde Adán hasta Jesús, Dios
trató con la humanidad por medio de una serie de promesas contractuales que se
centraban en un Redentor que iba a venir y que culminaron con el pacto davídico
(Génesis 12:2-3; 2 Samuel 7:12-17; Isaías 11). Al Israel cautivo en Babilonia
Dios le prometió un "nuevo pacto" más efectivo (Jeremías 31:31-34) en conexión
con la venida del Mesías davídico (Ezequiel 36:26-28; 37:22-28)».
[3]
Como
los pactos humanos, el que Dios ha hecho con la raza humana implicaba tanto
relación como obligación. Dios quiere ser nuestro Dios y que nos relacionemos
con él como su pueblo especial. Promete sernos fiel y pide que, a cambio, le
seamos fieles.
La primera mención
explícita de pacto en las Escrituras es la del que Dios estableció con Noé. En
realidad, ese pacto es una sorpresa, dado que se presenta después de la
corrupción, la violencia y la infidelidad universales hacia el Señor (Génesis
6:5, 6).No obstante, el Señor promete a Noé: «Estableceré mi pacto contigo, y tú
entrarás en el arca, con tus hijos, tu mujer y las mujeres de tus hijos»
(versículo 18). La palabra traducida «estableceré» (hebreo
heqim)
no indica el comienzo de un nuevo pacto, sino el «“mantenimiento” de un
compromiso que Dios había adquirido previamente, lo que implica que Dios ya
había hecho previamente un pacto con los seres humanos».
[4] Y, ¿a
qué pacto previo se refiere esto? Se retrotrae a la promesa de redención dada a
Adán y Eva en Génesis 3:15:1a promesa de que un día Dios desharía la maldición
divina que había acaecido sobre el mundo como resultado del pecado.
En
particular, ¿cuál fue la naturaleza del pacto de Dios con Noé? Fue un pacto
universal realizado no solo con toda la raza humana, sino también con todos los
seres vivientes (Génesis 9:8-10). Y lo más chocante del mismo es que el Señor
hace todas las promesas: no requiere nada a cambio. El arcoíris es su promesa de
que un diluvio no volverá a destruir nunca la tierra (versículo 11). Como
ejemplo de la gracia de Dios, el arcoíris nos recuerda perpetuamente que el
Señor es digno de confianza. Siempre será fiel a la promesa de su pacto.
El pacto con Abraham (Génesis 15)
Las
promesas iniciales recibidas por Abram en Génesis 12:1-3 se encuentran entre los
pasajes más impactantes de las Escrituras hebreas. «Vete de tu tierra, de tu
parentela y de la casa de tu padre, a la tierra que te mostraré. Haré de ti una
nación grande, te bendeciré, engrandeceré tu nombre y serás bendición. Bendeciré
a los que te bendigan, y a los que te maldigan maldeciré; y serán benditas en ti
todas las familias de la tierra».
Todo
el pasaje tiene que ver con la gracia de Dios. Dios toma la iniciativa, y Dios,
no Abram, hace las promesas. Abram no había hecho nada para ganarse o merecer el
favor divino, ni hay la menor indicación que sugiera que Dios y Abram habían
colaborado de alguna manera para proponer el acuerdo. El Señor realiza todas las
promesas y no pide que Abram prometa nada a cambio. En vez de ello, pide al
patriarca que tenga fe en la seguridad de su promesa, pero no se trata de una fe
endeble cualquiera. Abram ha de jugarse la vida por esa fe al abandonar su clan
familiar a los setenta y cinco años de edad y poniéndose en camino a la tierra
que Dios le prometió.
Las promesas de Dios a
Abram no fueron algo aislado. Eran, simplemente, otra fase de su gran plan para
salvar al mundo. «Con la bendición concedida a Abram y, a través de él, a todos
los seres humanos, el Creador renovó su propósito redentor. Había "bendecido" a
Adán y Eva en el paraíso (Génesis 1:28; 5:2) y después "bendijo [...] a Noé y a
sus hijos" después del diluvio (9:1). Así, Dios aclaró su promesa anterior de un
Redentor que redimirá a la humanidad, destruirá el mal y restaurará el paraíso
(Génesis 3:15). Dios confirmó su promesa de bendecir a "todas las familias de la
tierra" en su dominio universal».
[5]
Aunque
Abram respondió con fe a la palabra de Dios, el hijo implicado en la promesa
divina no llegaba. Por último, tras de diez años de esperar que naciera el hijo
prometido, el patriarca empezó a preguntarse si, de alguna forma, habría
interpretado indebidamente las intenciones de Dios. ¿Quería el Señor que
adoptara legalmente como hijo a su fiel siervo Eliezer? La respuesta divina fue
clara. Abram no solo procrearía a su propio hijo, sino que sus descendientes
serían tan innumerables como las estrellas. Las Escrituras consignan entonces
uno de los pasajes favoritos del apóstol Pablo: «Abram creyó a Jehová y le fue
contado por justicia» (Génesis 15:6).
Desgraciadamente, la mayoría de la gente da por terminada la historia de Abram
en Génesis 15 con el versículo 6. Cuando dejamos de percibir «el resto de la
historia», como solía decir Paul Harvey, famoso locutor radiofónico
estadounidense, acabamos creando no solo una falsa imagen del patriarca, sino
también perdiéndonos una de las experiencias más significativas de la vida del
«amigo de Dios». Me explicaré.
Basándonos en pasajes como Génesis 15:6, resulta fácil considerar a Abram como
un hombre de fe que jamás tuvo preguntas ni dudas. Sin embargo, las Escrituras
presentan una imagen diferente. Abram creyó, pero también tuvo preguntas en el
transcurso de su andadura. En realidad, cuando Dios le renueva su promesa en
Génesis 15:7, Abram pide al Señor algún tipo de prueba. «Señor Jehová, ¿en qué
conoceré que la he de heredar?» (versículo 8). Como el padre mencionado en
Marcos 9:24, Abram dice a Dios, básicamente:«Creo; ayuda mi incredulidad». En
respuesta, el Señor, misericordiosamente, da garan-tías a Abram de la
certidumbre de su promesa estableciendo formalmente un pacto con él.
Lo
sorprendente de este pasaje no es el hecho de que Dios establezca un pacto con
Abram, sino el extremo hasta el que Dios estuvo dispuesto a condescender para
establecerlo. A diferencia de los gobernantes del Próximo Oriente antiguo, que
rehuían la idea de hacer promesas vinculantes a sus siervos, Dios no solo
dio su
palabra,
sino
que,
al andar
simbòlicamente entre los trozos
de
animales muertos, se jugó su propia vida en ella -y
sabemos, naturalmente, que ¡acabó dando la vida en el Calvario para convertir su
promesa en realidad!
Abram
quería más «prueba», y ¡vaya si la obtuvo! Básicamente, al
andar entre los trozos de animales muertos, Dios dijo a Abram: «Esto no es el
cuerpo de una novilla ni el de una cabra: es mi cuerpo si yo dejase alguna vez
de ser fiel a las promesas que he hecho
a Abram
y sus descendientes». Dios no podría haber dado una prueba
mayor de la certidumbre de su palabra.
Abraham,
Sara y
Agar
(Génesis 16; 21:1-21)
En
Gálatas 4:21-31 Pablo no solo habla negativamente de la experiencia de los hijos
de Israel en el monte
Sinai;
también tiene un punto de vista más bien despectivo
de Agar,
la segunda esposa
de Abram.
¿Por qué habría de hablar el apóstol
de Agar
de manera tan poco halagadora?
Sus
declaraciones no giran tanto en torno a ella como persona sino sobre el papel
que desempeñó para que
Abram
no creyera la promesa contractual de Dios.
Agar
no siempre fue la concubina
de Abram.
Empieza apareciendo en el relato de Génesis como una
esclava egipcia en
la casa de Abram
(Génesis 16:3). Es probable que se convirtiera en
propiedad suya como uno de los muchos regalos que el faraón le dio a cambio
de Sarai,
episodio asociado con el primer acto de incredulidad
de Abram
a la promesa de Dios (Génesis 12:11-16).
Tras
diez años de espera del nacimiento del hijo prometido,
Abram
y
Sarai
seguían sin hijos. Pese al pacto formal que Dios hizo
con Abram
en Génesis 15, este y
Sarai
llegaron a la conclusión de que el Señor necesitaba la
ayuda de ellos.
Sarai dio Agar a
Abram como concubina (Génesis 16:3; 25:6). Como
esclava,
Agar no habría tenido elección en el asunto.
Sencillamente, tuvo que hacer lo que se le ordenó. Aunque nos parezca extraño en
la actualidad, el plan
de Sarai
era muy ingenioso. Según las costumbres antiguas, una
esclava podía legalmente convertirse en madre «de alquiler» para su señora
estéril. Así
Sarai
podía considerar como propio cualquier niño nacido de su
esposo y
de Agar. Aunque el plan, en efecto, logró que
naciera un niño, causó todo tipo de quebraderos de cabeza y de problemas, siendo
que el mayor de estos que el niño planificado no era el niño prometido.
Durante aproximadamente trece años Abram creyó que Ismael era el hijo a través
del cual el Señor cumpliría sus promesas. Por último, cuando Abram tenía noventa
y nueve años de edad, Dios se le apareció y le dijo que Ismael no era el hijo de
la promesa. El patriarca rogó a Dios que aceptase a Ismael como heredero, pero
Dios se negó (Génesis 17:18, 19). ¿Por qué rehusó el Señor aceptar a Ismael como
heredero de Abram?
No era
que hubiera algo «malo» en Ismael. Era un niño amado por Dios igual que
cualquier niño de este mundo. Sin duda, si hubiera habido algo malo en Ismael,
Dios no lo habría bendecido (versículo 20). El problema estaba, más bien, en la
falta de fe de Abram. El nacimiento de Ismael se había producido por la sinuosa
planificación de Abram y Sarai. Habían llegado a la conclusión de que si Dios
iba a cumplir su promesa, necesitaba la ayuda de la pareja. Habrían coincidido
sin reservas con los dichos «A Dios rogando y con el mazo dando» y «A quien
madruga, Dios lo ayuda». Sin embargo, eso era precisamente lo contrario de lo
que de verdad era la promesa del pacto. El Señor no estaba esperando que Abram
«hiciera» algo. El meollo de la promesa de Dios a Abram radicaba en que ¡Dios
hacía algo por la raza humana que esta no podía hacer por sí misma! El plan de
bendecir al mundo entero comenzaría con el nacimiento milagroso de un hijo de
Abram y de su esposa estéril Sarai. En el nacimiento de Ismael, el único
elemento «milagroso» fue la disposición de Sarai a compartir su marido con otra
mujer.
E. J. Waggoner, autor
adventista del séptimo día cuya perspectiva sobre los pactos fue quizá su mayor
aportación a la teología adventista,
[6] resume
con mucho acierto la insensatez que subyace al plan de Abram de amancebarse con
Agar: «¡Qué corto de miras fue todo el episodio! Dios había hecho la promesa;
por lo tanto, solo él podía cumplirla. Si un hombre hace una promesa, lo
prometido puede realizarlo otro, pero, en ese caso, el que hizo la promesa deja
de cumplir su palabra. Por ello, aunque lo que el Señor había prometido pudiera
haberse logrado mediante el artificio que se adoptó, el resultado habría sido
impedir que el Señor cumpliera su palabra. Por lo tanto, obraban contra Dios.
[...] Nos resulta muy fácil ver que es así en el caso que estamos considerando;
no obstante, ¡qué frecuente es que, en nuestra propia experiencia, en vez de
esperar que el Señor haga lo que ha prometido, nos cansamos de esperar, nos
ponemos a hacerlas por él y, por ello, fracasamos!».
[7]
Agar y el monte Sinaí (Gálatas 4:21-31)
Ahora
que hemos examinado el papel del pacto en el Antiguo Testamento y, en
particular, la naturaleza del pacto que Dios hizo con Abraham y el papel que
Agar e Ismael desempeñaron en esa historia, podemos volver nuestra atención a la
asociación que Pablo hace de Agar y el monte Sinaí con el antiguo pacto.
Cuando Dios, como había
prometido a Abraham siglos antes (Génesis 15:13, 14), sacó a los hijos de Israel
de la esclavitud quiso compartir con ellos la misma relación de pacto que había
tenido con su antepasado. De hecho, las similitudes entre la promesa de Dios a
Abraham en Génesis 12:1-3 y sus palabras a Moisés en Éxodo 19:4-6 son
contundentes. En ambos casos, el Señor recalca lo que él hará por su pueblo. No
pide que los israelitas prometan «hacer» nada para «ganarse» sus bendiciones. De
hecho, las palabras hebreas traducidas «dar oído»
(shama’)
y «guardar»
(shamar)
en Éxodo 19:5 significan, literalmente, «oír» y «atesorar». Las palabras de Dios
no implican ningún tipo de justificación por las obras por parte de los
israelitas. Al contrario, quería que Israel tuviera la misma fe que caracterizó
la respuesta de Abraham a sus promesas. El Señor se propuso que el pacto del
Sinaí fuera un pacto de gracia de principio a fin.
Esto,
por supuesto, suscita una pregunta importante. Si la relación de pacto que Dios
ofreció a Israel en el Sinaí es similar al dado a Abraham, ¿por qué Pablo
identifica el monte Sinaí con la experiencia negativa de Agar?
Como
vimos previamente en Gálatas 3:17, el pacto en el Sinaí buscaba señalar la
pecaminosidad de la humanidad y el remedio de la abundante gracia de Dios
tipificada en los ritos del santuario. El problema del monte Sinaí no estuvo en
Dios, sino en las promesas imperfectas del pueblo (Hebreos 8:6). En vez de
responder a las promesas divinas como había hecho Abraham, los israelitas
reaccionaron con confianza en sí mismos: «Haremos todo lo que Jehová ha dicho»
(Éxodo 19:8). Después de vivir como esclavos en Egipto más de cuatro siglos, no
tenían un verdadero concepto de la majestad de Dios, ni del grado de su propia
pecaminosidad. Su respuesta era típica de esclavos: «Haremos cualquier cosa que
digas». No era simplemente que las palabras que escogieron ofendieran a Dios. En
Deuteronomio 5:28 el Señor declaró: «Bien está todo lo que han dicho». El
problema estaba en la condición de su corazón. No solo dejaron de apreciar la
verdadera naturaleza de la salvación, sino que también tenían una confianza
ingenua en sus propios esfuerzos y en su propia capacidad (versículo 29). Igual
que Abraham y Sara intentaron ayudar a Dios a cumplir sus promesas, los
israelitas intentaron convertir el pacto divino de la gracia en uno de obras.
En Gálatas, Pablo no afirma
que la ley dada en el Sinaí fuera mala ni que esté abolida. De hecho, nunca
menciona explícitamente en realidad la «ley» en el monte Sinaí. Únicamente se
refiere a la experiencia de aquel lugar en la medida en que es análoga a la de
Abraham y Agar. «La experiencia personal de Abraham con Agar, una experiencia
del antiguo pacto, se expandió a escala nacional por medio de la experiencia de
Israel de forma subsiguiente al pacto de Dios con sus hijos en Sinaí».
[8] El
apóstol se muestra inquieto por el malentendido legalista de la ley por parte de
los gálatas. Como los antiguos israelitas, su orgullo los llevó a pervertir el
propósito que Dios tuvo al dar la ley. «Lejos de servir para convencerlos de la
absoluta imposibilidad de complacer a Dios guardando la ley, esta fomentó en
ellos una decisión profundamente arraigada de depender de recursos personales
para complacer a Dios. Así, la ley no servía los fines de la gracia de llevar a
los judaizantes a Cristo. En vez de ello, impedía su acceso a Cristo».
[9]
Así, resulta importante
observar que los dos pactos no son cuestión de tiempo, sino de la condición del
corazón humano. O, por decirlo de una manera ligeramente diferente, los pactos
antiguo y nuevo no describen «eras
históricas secuenciales, comprendiendo
la primera el período de mil quinientos años del Sinaí a la encarnación, y
abarcando la segunda de las generaciones subsiguientes. Describen dos
experiencias diferentes basadas en
respuestas humanas contrarias a la intemporal invitación del evangelio eterno».
[10] Así,
representan dos maneras diferentes de intentar relacionarse con Dios que se
remontan nada más y nada menos que hasta Caín y Abel. El antiguo pacto simboliza
a los que, equivocadamente, confían en su propia obediencia como medio de
complacer a Dios, como los judíos incrédulos en el Sinaí. En cambio, el nuevo
pacto representa la experiencia de aquellos que, como Abraham, dependen por
entero en la gracia de Dios para hacer todo lo que ha prometido.
El
nuevo pacto es el evangelio eterno: el verdadero evangelio, el único, inaugurado
en el huerto del Edén después de la caída (Génesis 3:15), prometido y
experimentado por Abraham y sus descendientes (Gálatas 3:8) y prefigurado en las
leyes y los rituales dados a Israel. Después, la promesa de Dios se convirtió en
una realidad histórica cuando alcanzó su expresión y cumplimiento definitivos en
Cristo.
El
siguiente cuadro representa la manera en que Pablo contempla los dos pactos como
dos experiencias diferentes basadas en respuestas humanas contrarias a la
maravillosa promesa divina de la salvación.
|
Nuevo
pacto |
Antiguo
pacto |
|
Sara |
Agar |
|
Isaac |
Ismael |
|
Creyentes
gentiles |
Judaizantes |
|
Promesa |
carne |
|
fe sola |
obras |
|
Libre |
esclava |
|
|
Monte
Sinaí |
Ismael e Isaac hoy (Gálatas 4:28-31)
Pablo perfiló su breve
esbozo de la historia de Israel para contrarrestar los argumentos presentados
por los judaizantes. Sus adversarios habían reivindicado ser los auténticos
descendientes de Abraham y que Jerusalén -centro de la cristiandad judía y de la
leyera su madre. En cuanto a los gentiles, eran ilegítimos. Si querían llegar a
ser auténticos seguidores de Cristo, primero tenían que hacerse hijos de Abraham
sometiéndose a la ley de la circuncisión. Sin embargo, Pablo declara que la
verdad es exactamente al revés. Los judaizantes son hijos de Abraham, pero
ilegítimos, como Ismael. Al poner su confianza en la circuncisión, se apoyaban
en «la carne», igual que hizo Sara con Agar, y como intentaron hacer los judíos
con la ley de Dios en Sinaí. Sin embargo, los creyentes gentiles, como Isaac,
eran hijos de Abraham no por linaje natural, sino sobrenatural. «Como Isaac,
eran el cumplimiento de la promesa hecha a Abraham [...]; como Isaac, su
nacimiento a la libertad era efecto de la gracia divina; como Isaac, pertenecen
a la columna del pacto de la promesa».
[11]
En
Gálatas 4:28,29 Pablo aplica la experiencia de Isaac e Ismael a la de los
auténticos seguidores de Cristo en Galacia:«Y vosotros, hermanos, como Isaac,
sois hijos de la promesa. Pero así como entonces el que nació según la carne
persiguió al que nació según el Espíritu, así también sucede ahora» (LBA). Es
probable que la persecución de Isaac que Pablo tiene en mente sea la ceremonia
de Génesis 21 en la que se rinde homenaje a Isaac mientras que parece que Ismael
se burla de él. Aunque la palabra hebrea del versículo 9 significa,
literalmente, «reír», la reacción de Sara sugiere que Ismael estaba haciendo
burla de Isaac o ridiculizándolo. Aunque la conducta de Ismael podría no
parecemos tan significativa hoy (todos los hermanos discuten y se pelean en
ocasiones), revelaba las hostilidades más profundas implicadas en una situación
en la que estaba en juego el derecho de primogenitura familiar. Muchos
gobernantes de la antigüedad procuraron perpetuar su posición eliminando rivales
potenciales, incluidos hermanos (cf.
Jueces 9:1-6). Sin embargo, aunque Isaac afrontó la oposición, también gozó de
todos los privilegios del amor, la protección y el favor que iban de la mano con
ser el heredero de su padre.
Como descendientes
espirituales de Isaac, no tiene que sorprendernos cuando suframos privaciones y
oposición, ya sea de dentro o de fuera de la iglesia. «Es la doble porción de
los "Isaacs": el dolor de la persecución por una parte y el privilegio de la
herencia por otra. Somos despreciados y rechazados por los hombres; pero somos
los hijos de Dios. [...] Esta es la paradoja de la experiencia de un cristiano».
[12]
Vivir hoy la vida del nuevo
pacto
Las
referencias que Pablo hace de la experiencia de Abraham, Sara, Agar, Ismael y
los hijos de Israel en Sinaí indican que su presentación de los dos pactos no
es, en último término, sobre ideas teológicas abstractas. Al contrario, tiene
que ver directamente con la forma en que Dios nos llama a experimentar la vida
hoy. No tiene que ver tanto con qué debiéramos «pensar» como con la forma en que
deberíamos vivir. Pablo nos llama a experimentar personalmente el pacto de la
gracia divina.
¿Cómo es esa vida? Es la vida marcada por la paz que se deriva de saber que Dios
es fiel a sus promesas. Llena de compromiso sincero y de comunión diaria con
Dios, experimenta y aprecia de forma cotidiana su perdón y su gracia, y conoce
la presencia habilitante de su Espíritu, que nos capacita no solo para vivir
para él, sino para amar y cuidar de los que nos rodean. En última instancia, es
una vida que se diferencia enormemente de la experiencia del antiguo pacto, a la
que todo ser humano nace de forma natural: una vida que, en último término, no
se fía de nadie más que de uno mismo, que hace solo lo que tiene que hacer, una
vida que no se toma en serio la ley de Dios ni aprecia lo desesperadamente que
necesita la gracia y el perdón divinos. En último término, el antiguo pacto es
una vida absorta en su propio bienestar. La experiencia del antiguo pacto es una
vida de esclavitud. Sin embargo, la experiencia del nuevo pacto es una vida que
conoce la libertad que solo Dios puede dar.
A
diferencia del anterior diagrama dispensacionalista de los pactos, que los
limita simplemente a un lapso histórico, el siguiente cuadro ilustra mejor la
descripción paulina de los dos pactos en su relación tanto con la historia como
con la experiencia personal. Ojalá que, por la gracia de Dios, experimentemos
personalmente la relación del nuevo pacto que siempre ha querido compartir con
nosotros.


Material provisto por RECURSOS ESCUELA SABATICA ©
[1]
Philip W. Comfort y Walter A. Elwell eds.,
Tyndale Bible Dictionary
[Diccionario bíblico
Tyndale] (Wheaton, Illinois: Tyndale House, 2001), p. 323.
[2]
Bill T. Arnold y Bryan E. Beyer eds.,
Readings from the Ancient Near
East
[Textos
del
Cercano Oriente antiguo]
(Grand Rapids: Baker Academy, 2002) p. 101.
[3]
Hans K. LaRondelle, Our Creator Redeemer:
An Introduction to
Biblical
Covenant Theology
[Nuestro Creador Redentor:
Introducción
a la
teología bíblica
del
pacto]
(Berrien Springs, Michigan: Andrews University Press, 2005), p. 4.
[4]
Ibíd.,
p. 19.
[5]
Ibíd.,
p. 22, 23.
[6]
Woodrow W. Whidden,
E. J. Waggoner:
From the Physician
of
Good
News
to Agent
of División
[E. J.
Waggoner: De médico de la buena nueva a agente de la división]
(Hagerstown, Maryland: Review and Herald, 2008), p. 267.
[7]
E. J. Waggoner, “The Flesh against the Spirit” [La carne contra el
Espíritu].
Present Truth, 11 de
junio
de 1869;
reimpreso
en The Everlasting Covenant
[El
pacto eterno]
(International Tract Society, 1900), pp. 75, 76.
[8]
Skip MacCarty, In Granite or
Ingrained [En
granito
o
arraigado]
(Berrien Springs, Michigan: Andrews University Press, 2007), p. 97.
[9]
O. Palmer Robertson, The Christ
of the Covenants [El Cristo de los
pactos]
(Phillipsburg, Nueva Jersey: Presbyterian and Reformed Publishing
Company, 1980), p. 181.
[10]
MacCarty, p. 94 (la cursiva ha sido añadida).
[11]
James D. G. Dunn, The Epistle to
the Galatians [La
Epístola
a los
Gálatas],
Black's New Testament Commentary (Peabody, Massachusetts: Hendrickson,
1993), p. 256.
[12]
John Stott, The Message of
Galatians [El
mensaje
de
Gálatas]
(Downers Grove, Illinois: InterVarsity Press, 1968), p. 128