| Fulgores de Dios |
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Capítulo
2 - Dios es santo, santo, santo |
Dios es santo, santo, santo
De todas las muchas cosas que podemos aprender acerca de Dios en su Palabra,
la Biblia describe un aspecto como fundamental. Sí, Dios se ha revelado como
un padre, como una madre y como el gran YO SOY, junto con mucho más. Pero,
la Escritura parece presentar una cualidad de su ser como fundacional. ¿Cómo
se puede determinar esto?
Necesitamos identificar un aspecto de la lengua hebrea, la lengua en que
Dios eligió comunicarse y registrar su revelación inspirada del Antiguo
Testamento. El punto puede ilustrarse de este modo. Cuando se envían
mensajes hoy, en forma electrónica u otra, el escritor tiene varias maneras
de mostrar énfasis, tales como poner en cursiva, en mayúsculas, o subrayar
las palabras, las frases o aun oraciones enteras importantes.
En el hebreo antiguo, los escritores empleaban un método diferente para dar
énfasis. En vez de subrayar o poner en cursiva las palabras importantes, o
transcribirlas en letras mayúsculas, duplicaban o repetían palabras o
frases importantes. Los escritores modernos rara vez usan esta técnica;
repetir algo importante dos o más veces era el método máximo de enfatizar
algo en el hebreo antiguo. Cada libro del Antiguo Testamento contiene
numerosos ejemplos de esas repeticiones.
Al identificar este aspecto específico de los escritos hebreos, la
comprensión de la Escritura ha aumentado. Se ha alegado que estas miles de
repeticiones son evidencia de un escribir descuidado, de que fue editado o
"redactado". Los eruditos ahora se dan cuenta de que esta suposición es
incorrecta. En cambio, las repeticiones señalan algo que el escritor hebreo
está procurando destacar. Notemos unos pocos ejemplos.
1.
Cuando describe el
gran diluvio del Génesis, Moisés quiere que sus lectores comprendan que las
aguas del diluvio cubrieron el mundo entero. Para lograrlo, utiliza la obvia
repetición al describir el ascenso del nivel de las aguas:
"Y fue el diluvio cuarenta días sobre la tierra; y las aguas crecieron, y
alzaron el arca, y se elevó sobre la tierra. Y subieron las aguas y
crecieron en gran manera sobre la tierra; y flotaba el arca sobre la
superficie de las aguas. Y las aguas subieron mucho sobre la tierra; y todos
los montes altos que había debajo de todos los cielos, fueron cubiertos.
Quince codos más alto subieron las aguas, después que fueron cubiertos los
montes" (Génesis 7:17-20).
Se nota un impulso creciente por la repetición de
la frase acerca de la altura de las aguas. No puede pasarse por alto el que
todo el mundo estaba inundado. Aun una palabra se duplicó. En el versículo
17, la palabra hebrea
me'od se traduce como que las aguas
"crecieron". En el versículo 18 se dice que las aguas crecieron en "gran
manera", que se deriva de duplicar la palabra
me'od en el original. La expresión
"gran manera" refleja una palabra hebrea duplicada.
2.
Cuando Dios habla
por medio del profeta Ezequiel, las repeticiones destacan algunos de los
temas serios. Por ejemplo:
"Vino a mí palabra de Jehová, diciendo: [...]
Dirás a la tierra de Israel: Así ha dicho Jehová: He aquí que yo estoy
contra ti, y sacaré mi espada de su vaina, y
cortaré de ti al justo y al impío. Y
por cuanto he de
cortar de ti al justo y al impío,
por tanto, mi espada saldrá de su vaina; contra toda carne, desde el sur
hasta el norte. Y sabrá toda carne que yo Jehová saqué mi espada de su
vaina; no la envainaré más" (Ezequiel 21:1-5, la cursiva y el subrayado
fueron añadidos).
Estas repeticiones son típicas de los escritores antiguos y pueden
encontrarse en cualquier libro bíblico. Otro ejemplo puede verse al
iniciarse el libro de Jonás:
"Y Jonás se levantó para huir
de la presencia de Jehová a Tarsis,
y descendió a Jope, y halló una nave que partía para Tarsis; y pagando su
pasaje, entró en ella para irse con ellos a Tarsis,
lejos de la presencia de Jehová"
(Jonás 1:3; el énfasis fue añadido).
Tres veces en un versículo se nos dice que Jonás se va a Tarsis. El
escritor no es descuidado, ni tartamudo, ni escribe una historia para
niños. Con esta repetición obvia, está tratando de enfatizar algo: tal vez
que el profeta está yendo en la dirección opuesta de la que Dios le había
indicado. Además, dos veces en el mismo versículo encontramos el refrán "de
la presencia de Jehová", lo que subraya la futilidad de que alguien,
especialmente un profeta, pensara que podía escapar de la presencia de
Dios.
3.
Casi todo el libro
de Proverbios exhibe estas duplicaciones. El ritmo característico de la
repetición y la terminación es prominente en los capítulos. Hay dos clases:
a.
Repetición de
duplicación: "Hijo mío, no te olvides de mi
ley, y tu corazón guarde mis
mandamientos" (3:1).
b.
Duplicación de
contraste: "La blanda respuesta quita la ira; mas la palabra áspera hace
subir el furor" (15:1). "La lengua de los sabios adornará la sabiduría; mas
la boca de los necios hablará sandeces" (15:2); "Mas la senda de los justos
es como la
luz de la aurora, que va en aumento
hasta que el día es perfecto. El camino de los impíos es como la
oscuridad;
no saben en qué tropiezan" (4:18, 19, el énfasis fue añadido para las
comparaciones).
4.
Muchos de los
Salmos están estructurados del mismo modo: "Lámpara es a mis pies tu
palabra, y lumbrera a mi camino" (119:105); "Por la
palabra de Jehová fueron hechos los
cielos, y todo el ejército de ellos por el
aliento de su boca. [...] Tema a
Jehová toda la tierra; teman delante de él todos los habitantes del mundo.
Porque
él dijo, y fue hecho;
él mandó,
y existió" (Salmos 33:6, 8, 9; el énfasis fue añadido, destacando que ambos
lados de las frases están duplicados). En el antiguo hebrero, cuando una
palabra o una frase se presentan más de una vez, se proveen claves para su
interpretación.
5. Otros tipos de duplicación incluyen repetir una
palabra sola dentro de un texto. Un ejemplo ya visto arriba es el de Génesis
7:17 y 18, donde se duplica la palabra
me'od para indicar que las aguas
subieron "en gran manera". En Génesis 14, el valiente rescate de Lot se
registra con una descripción del valle de Sidim al que huyeron los cinco
reyes. La versión Reina-Valera de 1960 y la de 1995, junto con la
Nueva Versión Internacional,
traducen el lenguaje original por "pozos de asfalto"; y la
Biblia de Jerusalén, por "pozos de
betún". Estas traducciones son los intentos de reflejar el lenguaje
original, que literalmente dice que el valle estaba lleno de
pozos pozos (Génesis 14:10).
En otra ocasión, después de aspirar el aroma del guisado que preparaba
Jacob, su hermano Esaú estuvo dispuesto a vender su primogenitura por un
plato (Génesis 25:29-33). En el lenguaje original, la "receta" se denomina
"rojo rojo", y los traductores intentaron poner la expresión en castellano
con "potaje", o "guiso".
Una duplicación en el décimo Mandamiento del Decálogo subraya la importancia
de este mandato. Algunos alegan que el décimo Mandamiento es el menos
importante, porque es el último. Pero el divino Legislador repite el mandato
"No codiciarás" dos veces en un solo versículo (Éxodo 20:17). Es el único
Mandamiento que se repite dos veces, lo que destaca la importancia de aun el
último Mandamiento.
En Isaías, encontramos una duplicación tierna: "Tú
[Dios] guardarás en completa paz a aquel cuyo pensamiento en ti persevera;
porque en ti ha confiado" (26:3). La frase "completa paz" ya es muy
apreciada, pero en la lengua original sugiere aún más: "[Dios] lo guardará
en
shalom shalom", duplicando la
palabra hebrea llena de significado
shalom, que abarca paz y bienestar.
Isaías podría haber escrito que Dios nos guardará en
shalom, y eso ya sería maravilloso.
Pero el profeta es inspirado a hacer que la bendición sea aún más rica y
profunda, al duplicar la palabra
shalom.
Isaías usa la misma técnica cuando repite
tres veces que Dios quiere
consolarnos y dos veces que nuestros pecados son perdonados (Isaías 40:1,
2).
En todos los mensajes proféticos, el significado se intensifica con la
repetición múltiple de la frase "Así dice Jehová", o "Así dice Jehová de los
ejércitos" (y diversos equivalentes; por ejemplo, Jeremías 22:1-6; 29:4, 8,
10). Es como si el profeta instase: "¿Están prestando atención a quién
realmente está hablando?" Esta clase de repetición aparece centenares de
veces.
Se podrían considerar muchos ejemplos adicionales, enfatizando el punto de
la duplicación o la repetición como una herramienta importante en el
antiguo arte de escribir. Pero ¿qué tiene que ver todo esto con la búsqueda
de un atributo fundacional de Dios? ¿Hay algún aspecto de su ser enfatizado
más que otros? Todos los cristianos se alegran de comprender que Dios quiere
ser conocido como nuestro "Padre" celestial. Hasta Jesús nos anima a esto
en el Padrenuestro (Mateo 6:9). ¿Podría esto ser fundamental?
Actualmente, en la predicación cristiana y en los libros, encontramos mucho
énfasis en el atributo divino del amor. Ciertamente, nadie puede meditar
demasiado en su maravilloso amor divino, que lo lleva a morir aun por sus
enemigos. El amor divino es un atributo principalísimo de Dios, que se
enfatiza tanto en el Antiguo Testamento como en el Nuevo Testamento. Pero ¿a
cuál atributo, si hay alguno, se le da el mayor énfasis en la Biblia? A la
luz del tipo de énfasis que usa el lenguaje bíblico, ¿hay algún atributo de
Dios que se subraye más que todos los demás? La Escritura cálidamente afirma
el magnífico amor de Dios. Dios hasta se refiere a su amor eterno en el
Antiguo Testamento mayor cantidad de veces que en el Nuevo Testamento.
Pero, un atributo que la Biblia enfatiza
específicamente aun más que el amor es su
santidad. "Redención ha enviado
[Dios] a su pueblo; para siempre ha ordenado su pacto; santo y terrible es
su nombre" (Salmo 111:9).
El profeta Isaías exalta la santidad de Dios:
"Pero Jehová de los ejércitos será exaltado en juicio, y el Dios Santo será
santificado con justicia" (Isa. 5:16). Se lo describe como "el Santo de
Israel" 24 veces solamente en el libro de Isaías.
[i]
En los nueve versículos del Salmo 99, se mencionan
varios de los atributos de Dios, incluyendo su reinado, justicia, rectitud,
perdón y poder soberano. Sin embargo, tres veces se exalta la santidad de
Dios: "Alaben su nombre grande y terrible;
él es santo. [...] Exaltad a Jehová
nuestro Dios, y postraos ante el estrado de sus pies;
él es santo [...] Exaltad a Jehová
nuestro Dios, y postraos ante su santo monte, porque
Jehová
nuestro Dios es santo"
(Salmo 99:3-9; el énfasis fue añadido). Esta es una concentración importante
en un solo y breve Salmo: tres veces, en nueve versículos. Esta triple
mención no puede ser un elemento poético solamente. Recuerde la dramática
visión que tuvo Isaías del Trono celestial:
"En el año que murió el rey Uzías vi yo al Señor
sentado sobre un trono alto y sublime, y sus faldas llenaban el templo. Por
encima de él había serafines; cada uno tenía seis alas; con dos cubrían sus
rostros, con dos cubrían sus pies, y con dos volaban. Y el uno al otro daba
voces, diciendo:
Santo, santo, santo, Jehová de los
ejércitos" (Isaías 6:1-3; el énfasis fue añadido).
Los seres celestiales que adoraban junto al Trono
de Dios eran impulsados a proclamar su santidad. No están clamando día y
noche: "Dios es amor, amor, amor". Más bien, entonan sin cesar: "Santo,
santo, santo es Jehová de los ejércitos", con un
triple énfasis en la santidad
divina.
Algunos pueden procurar evitar este énfasis, pensando: "Bueno, eso está en
el Antiguo Testamento. Desde el tiempo de Cristo, hay una concentración
diferente, más avanzada y madura, en el amor de Dios. En la era del Antiguo
Testamento, los creyentes eran más primitivos, y pudieron haber necesitado
enfatizar la santidad de Dios. Pero ahora los creyentes han madurado y viven
en el amor de Dios".
Sin embargo, el apóstol Juan, quien escribe tan cariñosamente del amor de
Dios en su Evangelio y en sus tres cartas, registra una de sus visiones en
el libro del Apocalipsis.
"Después de esto miré, y he aquí una puerta
abierta en el cielo [...] Y he aquí, un trono establecido en el cielo, y en
el trono, uno sentado [...] y alrededor del trono, cuatro seres vivientes
llenos de ojos delante y detrás [...] y no cesaban día y noche de decir:
Santo, santo, santo es el Señor Dios
Todopoderoso, el que era, el que es y el que ha de venir" (Apocalipsis
4:1-8; el énfasis fue añadido).
Así como vimos en el Antiguo Testamento vislumbres de la adoración
celestial, en la escena de adoración del Nuevo Testamento alrededor del
trono divino, los seres celestiales no están proclamando: "Dios es amor,
amor, amor", o "Dios es bueno, bueno, bueno", sino Dios es "santo, santo,
santo".
La
santidad de Dios está claramente
enfatizada tanto en el Antiguo Testamento como en el Nuevo Testamento con lo
que se conoce como "la triplicación de la majestad". No hay manera de que su
santidad pudiera ser subrayada en forma más enfática. Es el único atributo
de Dios que se repite tres veces en la Escritura. Además, es esta santidad
la que perciben los adoradores de Dios en las Escrituras cuando están en la
presencia de Dios, y los arroja al suelo. La Escritura registra que cuando
la gente realmente se encuentra con el Dios vivo, tiembla.
1.
Jacob tuvo una
visión nocturna de la escalera al cielo, mientras escapaba por su vida de su
airado hermano. "Y despertó Jacob de su sueño, y dijo: Ciertamente Jehová
está en este lugar, y yo no lo sabía.
Y tuvo miedo y dijo: ¡Cuán terrible es este lugar!
No es otra cosa que casa de Dios, y puerta del cielo" (Génesis 28:16,17; el
énfasis fue añadido). Cuando Jacob sintió la presencia de Dios, su primera
reacción no fue de alegría; en cambio, tuvo miedo.
[ii]
2.
Cuando Moisés se
encontró con Dios en la zarza ardiente en Sinaí, lo primero que Dios le
reveló a Moisés fue su santidad: "Y dijo: No te acerques, quita tu calzado
de tus pies, porque el lugar en que tú estás, tierra santa es" (Éxodo 3:5).
"En el centro de los momentos de reconocimiento de
Yahweh estaba la manifestación de la santidad. Moisés estaba preparado para
reconocer a Yahweh por la zarza ardiente. Cuando se le advirtió que mostrara
reverencia adecuada, él sabía que estaba tratando con una realidad divina.
El intercambio mismo ejemplifica el ambiente de un encuentro sagrado. Como
un componente necesario de los momentos de reconocimiento, la experiencia de
la santidad es un elemento constituyente de la misma identidad de Dios".
[iii]
El encuentro de Moisés con Dios mediante la zarza ardiente será
abrumadoramente ampliado en la misma montaña, el fuego divino que hizo que
ardiera la zarza del desierto también hizo que la montaña entera quemara y
temblara, y todo el pueblo de Israel temblara (Éxodo 19). El gran Decálogo,
que Dios pronunció entonces, presenta la norma divina de santidad:
"La Ley de Dios -sus normas y demandas de
perfección- es imparcial en relación con nuestras circunstancias y nuestras
luchas. Su santidad es inflexible; sus demandas son inmensas. Bajo la Ley,
nuestra esperanza de éxito es aplastada, pero la mayor parte de la gente
prefiere la esperanza de la perfección obtenida mediante sus buenas
intenciones o sus esfuerzos modestos. La presunción de inocencia es
imposible de abandonar, a menos que su santidad brillante e inmaculada sea
comprendida como una realidad que un día yo afrontaré sin el beneficio de
ninguna excusa o explicación sombrías".
[iv]
3.
Después de dar los
Diez Mandamientos y de la apostasía del becerro de oro, Dios llama otra vez
a Moisés a su presencia directa, y "apresurándose, bajó la cabeza hacia el
suelo y adoró" (Éxodo 34:8).
4.
Después de que Dios
describiera su poder y su majestad a Job en medio del sufrimiento extremo de
este, Job exclamó: "De oídas te había oído; mas ahora mis ojos te ven. Por
tanto me aborrezco, y me arrepiento en polvo y ceniza" (Job 42:5, 6).
5.
Cuando Josué hubo
sido instalado como el líder de los hijos de Israel (después de la muerte de
Moisés), mientras Israel estaba acampado cerca de Jericó, Josué "alzó sus
ojos y vio un varón que estaba delante de él, el cual tenía una espada
desenvainada en su mano. Y Josué, yendo hacia él, le dijo: ¿Eres de los
nuestros, o de nuestros enemigos? Él respondió: No; mas como Príncipe del
ejército de Jehová he venido ahora.
Entonces Josué, postrándose sobre su rostro en tierra, le adoró;
y le dijo: ¿Qué dice mi Señor a su siervo? Y el Príncipe del ejército de
Jehová respondió a Josué:
Quita el calzado de tus pies, porque el lugar donde estás es santo.
Y Josué así lo hizo" (Josué 5:13-15; el
énfasis fue añadido).
6.
Isaías describe su
reacción cuando ve la majestuosa visión del Trono de Dios, y escucha a un
serafín exclamando:
"Santo, santo, santo":
"Y los quiciales de las puertas se estremecieron con la voz del que clamaba,
y la casa se llenó de humo. Entonces dije: ¡Ay de mí! que soy muerto; porque
siendo hombre inmundo de labios, y habitando en medio de pueblo que tiene
labios inmundos, han visto mis ojos al Rey, Jehová de los ejércitos" (Isaías
6:4, 5).
7.
Después de su
primera visión, Ezequiel recuerda: "Esta fue la visión de la semejanza de la
gloria de Jehová. Y cuando yo la vi, me postré sobre mi rostro" (Ezequiel
1:28).
8.
Daniel registra su
experiencia después de una visión:
"Y alcé mis ojos y miré, y he aquí un varón
vestido de lino, y ceñidos sus lomos de oro de Ufaz. Su cuerpo era como de
berilo, y su rostro parecía un relámpago, y sus brazos y sus pies como de
color de bronce bruñido, y el sonido de sus palabras como el estruendo de
una multitud. Y solo yo, Daniel, vi aquella visión, y no la vieron los
hombres que estaban conmigo,
sino que se apoderó de ellos un gran temor, y
huyeron y se escondieron. Quedé,
pues, yo solo, y vi esta gran visión,
y no quedó fuerza en mí, antes mi fuerza se cambió en desfallecimiento, y no
tuve vigor alguno" (Daniel 10:5-8).
[v]
La santidad de Dios también está conectada con su justicia. Cuando descendió
fuego de la presencia de Jehová para devorar a Nadab y Abiú por causa de su
desafiante descuido de las instrucciones de Dios para adorar en el
Santuario, Moisés le dijo a Aarón, el padre de ellos: "Esto es lo que habló
Jehová, diciendo: en los que a mí se acercan
me santificaré, y en presencia de
todo el pueblo seré glorificado" (Levítico 10:3; el énfasis fue añadido). La
santidad de Dios se subraya otra vez, y también que él será glorificado
enjuicio.
Cuando Moisés más tarde, impulsivamente, golpeó la
roca, Dios explicó por qué eso era una ofensa seria: "Y Jehová dijo a
Moisés y a Aarón: Por cuanto no creísteis en mí, para
santificarme delante de los hijos de
Israel, por tanto, no meteréis esta congregación en la tierra que les he
dado" (Números 20:12).
"Un aspecto de la santidad que está indeleblemente
estampado en la mente bíblica es la perfección moral. El Santo de Israel
está separado de sus criaturas no solo por su poder infinito, su sabiduría y
su majestad, sino también por su rectitud y justicia. La criatura que se
encontró con él está en peligro de ser consumida por la justa ira de aquel
delante de quien la justicia humana es 'trapo de inmundicia' "
[vi]
En el Salmo 99, mencionado antes, la santidad de Dios se conecta otra vez
con su justicia y su juicio (Salmo 99:3-5). Isaías hace lo mismo: "Pero
Jehová de los ejércitos será exaltado en juicio, y el Dios Santo será
santificado con justicia" (Isaías 5:16).
El
Nuevo Testamento
¿Fueron los creyentes del Antiguo Testamento más primitivos, y por ello el
énfasis sobre la santidad de Dios es tan destacado? ¿Qué enseña realmente el
Nuevo Testamento?
Después de que Jesús proveyó una pesca milagrosa
luego de una noche de pesca inútil, uno podría pensar que los discípulos
correrían a Jesús para agradecerle profusamente por tal extraordinaria ayuda
financiera. Pero nota lo que sucedió: "Viendo esto Simón Pedro, cayó de
rodillas ante Jesús, diciendo: Apártate de mí, Señor, porque soy hombre
pecador" (Lucas 5:1-11). La descripción que hace Elena de White de esta
experiencia en
El Deseado de todas las gentes es
cautivante:
"Pero Pedro ya no pensaba en los barcos ni en su
carga. Este milagro, más que cualquier otro que hubiese presenciado, era
para él una manifestación del poder divino. En Jesús vio a aquel que tenía
sujeta toda la naturaleza bajo su dominio.
La presencia de la divinidad revelaba su propia falta de santidad.
Lo vencieron el amor a su Maestro, la vergüenza por su propia incredulidad,
la gratitud por la condescendencia de Cristo y, sobre todo,
el sentimiento de su impureza frente a la pureza infinita.
Mientras sus compañeros estaban guardando el
contenido de la red, Pedro cayó a los pies del Salvador, exclamando:
Apártate de mí, Señor, porque soy hombre pecador'.
"Era la misma presencia de la santidad divina lo
que había hecho caer al profeta Daniel como muerto delante del ángel de
Dios. Él dijo: 'Mi fuerza se me trocó en desmayo, sin retener vigor alguno'.
Así también cuando Isaías contempló la gloria del Señor, exclamó: '¡ Ay de
mí! que soy muerto; que siendo hombre inmundo de labios, y habitando en
medio de pueblo que tiene labios inmundos, han visto mis ojos al Rey, Jehová
de los ejércitos' (Daniel 10:8; Isaías 6:5).
La humanidad, con su debilidad y pecado, se hallaba en contraste con la
perfección de la divinidad, y él se sentía completamente deficiente y falto
de santidad. Así les ha sucedido a todos aquellos a quienes fue otorgada una
visión de la grandeza y la majestad de Dios".
[vii]
Durante su ministerio terrenal, Jesús a veces permitió que "la divinidad
fulgur[ara] a través de su humanidad". Elena de White describe
dramáticamente a Jesús purificando el Templo:
"Al entrar Jesús en el Templo, su mirada abarcó toda la escena. Vio las
transacciones injustas. [...] Con mirada escrutadora, Cristo abarcó la
escena que se extendía delante de él mientras estaba de pie sobre las gradas
del atrio del Templo. Con mirada profética vio lo futuro, abarcando no solo
años, sino siglos y edades. Vio cómo los sacerdotes y los gobernantes
privarían a los menesterosos de su derecho, y prohibirían que el evangelio
se predicase a los pobres. Vio cómo el amor de Dios sería ocultado de los
pecadores, y los hombres traficarían con su gracia. Y, al contemplar la
escena, la indignación, la autoridad y el poder se expresaron en su
semblante. La atención de la gente fue atraída hacia él. Los ojos de los que
se dedicaban a su tráfico profano se clavaron en su rostro. No podían
retraer la mirada. Sentían que este hombre leía sus pensamientos más íntimos
y descubría sus motivos ocultos. Algunos intentaron esconder la cara, como
si en ella estuviesen escritas sus malas acciones, para ser leídas por
aquellos ojos escrutadores.
"La confusión se acalló. Cesó el ruido del tráfico y de los negocios. El
silencio se hizo penoso. Un sentimiento de pavor dominó a la asamblea. Fue
como si hubiese comparecido ante el tribunal de Dios para responder por sus
hechos. Mirando a Cristo, todos vieron la divinidad que fulguraba a través
del manto de la humanidad. La Majestad del cielo estaba allí como el Juez
que se presentará en el día final [...] el mismo poder de leer el alma. Sus
ojos recorrían toda la multitud, posándose en cada uno de los presentes. Su
persona parecía elevarse sobre todos con imponente dignidad, y una luz
divina iluminaba su rostro. Habló, y su voz clara y penetrante –la misma que
sobre el monte Sinaí había proclamado la ley que los sacerdotes y los
príncipes estaban transgrediendo– se oyó repercutir por las bóvedas del
Templo: 'Quitad de aquí esto, y no hagáis la casa de mi Padre casa de
mercado'.
"Descendiendo lentamente de las gradas y alzando el látigo de cuerdas que
había recogido al entrar en el recinto, ordenó a la hueste de traficantes
que se apartasen de las dependencias del Templo. Con un celo y una severidad
que nunca manifestó antes, derribó las mesas de los cambiadores. [...] Nadie
pretendió poner en duda su autoridad. [...] Jesús no los hirió con el látigo
de cuerdas, pero en su mano el sencillo látigo parecía ser una flamígera
espada. [...] [Todos] huyeron del lugar con sus ovejas y sus bueyes,
dominados por un solo pensamiento: el de escapar de la condenación de su
presencia.
"El pánico se apoderó de la multitud, que sentía
el predominio de su divinidad. [...] La presencia del Señor, que
antiguamente santificara el monte, había hecho sagrado el Templo levantado
en su honor".
[viii]
Juan, un creyente del Nuevo Testamento, también registra su reacción a su
visión de la sala del Trono de Dios:
"Y me volví para ver la voz que hablaba conmigo
[...]. Su cabeza y sus cabellos eran blancos como blanca lana, como nieve;
sus ojos como llama de fuego; y sus pies semejantes al bronce bruñido,
refulgente como en un horno; y su voz como estruendo de muchas aguas. Tenía
en su diestra siete estrellas; de su boca salía una espada aguda de dos
filos; y su rostro era como el sol cuando resplandece en su fuerza.
Cuando lo vi, caí como muerto a sus pies"
(Apocalipsis 1:12-17; el énfasis fue añadido).
Hay algo acerca de la pureza enceguecedora de Dios –su santidad penetrante–
que hace que la persona tiemble. Significativamente, la reacción humana
consistente en ese momento no es: "Oh Dios, asustas tanto. Aterras". En
cambio, hay condenación propia.
*
"Me aborrezco".
*
"Me arrepiento en
polvo y ceniza".
*
"Apártate de mí,
porque soy pecador".
Nunca se le ocurre a nadie que Dios esté tratando
de asustarlo. Más bien, en la penetrante luz de su santidad, la gente
finalmente se ve a sí misma como lo
que
realmente es. En la Escritura,
cuando alguien realmente se encuentra con el Dios del cielo, en ese momento
no hay aplausos ni gritos. En su lugar, cada uno ve y libremente admite su
culpa con arrepentimiento profundo, sin echar lá culpa a nadie más.
"Es un hecho notable que cuando los hombres de
Dios confiesan su culpa, en las Escrituras, ponen a un lado toda excusa, y a
menudo hablan en términos que solo podemos sentir que nos confrontan con los
mismos límites de lo humano. Sus voces claman desde las profundidades,
cuando admiten su culpa sin restricciones y sin referencia a las faltas de
otros".
[ix]
Ya no estamos en el Jardín del Edén, donde Adán y Eva daban la bienvenida a
la presencia de Dios al caer la tarde. Esta estrecha comunión cambió
dramáticamente, inmediatamente después de la caída, cuando la pareja corrió
a esconderse de su amado Creador. Y ese es el cuadro consistente en todas
las Escrituras: cada vez que un ser humano realmente se encuentra con el
Dios Santo, hay un horror inicial al ver la profundidad de la pecaminosidad.
Esto nunca varía hasta los últimos capítulos del Apocalipsis, cuando la
maldición del pecado finalmente es destruida.
Es bueno repetir este concepto crítico:
no es Dios quien está tratando de
asustar a nadie, sino que, a la penetrante luz de su santidad, vemos quiénes
somos en realidad, y
eso es lo que asusta. Y todos
resistimos enfrentar tal revelación. Pero, a menos que una persona
realmente enfrente la penetrante santidad de Dios, nunca habrá una
comprensión adecuada de la emergencia radical que fue la caída, o cuán
horrible es verdaderamente el pecado. Ni habrá un aprecio que acompañe la
acción igualmente radical que el Dios santo hace para remediar la
pecaminosidad humana.
Algunos cristianos contemporáneos tienden a
ignorar la santidad de Dios que se presenta tan ampliamente en la Escritura.
A pesar de ello, en lugar del énfasis moderno y casi exclusivo sobre el amor
de Dios, cada uno de nosotros necesita afrontar la "ardiente santidad" de
Dios hasta que nos haga temblar ante él. Necesitamos que se nos recuerde
cuán agudamente la Escritura nos instruye que "el principio de la sabiduría
es el
temor de Jehová" (Salmo 111:10; el
énfasis fue añadido). Esto es necesario para recordarnos cuán poco
semejantes a Dios somos.
"El temor de Dios quita la certeza, expone nuestra
desnudez y nuestro débil egoísmo, y luego nos invita a conocerlo como él ha
elegido revelarse, como santo y misericordioso. El necio desprecia la
sabiduría porque debe abandonar su ira y beligerancia, y experimentar la
vergüenza de su impotencia. El necio debe doblar sus rodillas y extender sus
manos para pedir misericordia, sabiendo que no merece sino condenación. 'El
principio de la sabiduría es el temor de Jehová' (Prov. 1:7), pero el necio
no quiere nada que lo lleve a una humilde y quebrantada dependencia de la
misericordia".
[x]
En el cristianismo contemporáneo, señalar nuestro
pecado no es "políticamente correcto". Y, porque el pecado nos hace
airarnos, llega a ser más difícil admitir que genera la ira de un Dios santo
que "se atreve, de hecho, a arrancarnos de todas las presunciones de lógica,
equidad, seguridad y normalidad. De tantas maneras, Dios es como un médico
de una sala de emergencias, quien al principio no está preocupado por
establecer simpatía y buenos modales junto a la cama. Su compromiso es
mantener vivo al paciente, limitar todas las amenazas inmediatas contra la
vida y construir el primer paso hacia la recuperación, que sea completa y
maravillosa. Es un cetro que brilla más que cualquier zarza ardiente y
penetra más que cualquier cuchillo filoso. Hará lo que quiere y nos invitará
a unirnos a él en el misterio de la relación".
[xi]
Necesitamos repasar la enseñanza bíblica acerca de Dios, tan extensamente
revelada en toda la Escritura. Sin embargo, no podemos detenernos aquí. De
otro modo, todavía no entenderíamos la enseñanza bíblica acerca de la
santidad de Dios. Porque, cuando la gente está confrontada irremisiblemente
con su propia inmunda pecaminosidad en la presencia de un Dios santo, él
nunca la deja allí. Dios mismo ofrece perdón y limpieza. La experiencia de
Isaías describe esto en forma maravillosa. Después de vislumbrar el Trono
de Dios y ser confrontado con su total indignidad, nota lo que ocurre luego:
"Y voló hacia mí uno de los serafines, teniendo en su mano un carbón
encendido, tomado del altar con unas tenazas; y tocando con él sobre mi
boca, dijo: He aquí que esto tocó tus labios, y es quitada tu culpa, y
limpio tu pecado" (Isaías 6:6, 7).
"Una visión de la santidad de Dios sin una alusión
a su misericordia conducirá a la desesperanza o a algo aún más terrible, una
presunción farisaica de capacidad de 'hacer su voluntad'. Por otro lado, un
bocado de misericordia sin un gusto apenas de la santidad parece impulsarnos
a una familiaridad descarada con la Deidad, que lo distorsiona a él para ser
el tío favorito de todos. Tal intimidad es descuidada y falta de dignidad, y
finalmente conduce a pintar a Dios con colores de nuestra propia elección.
La Biblia describe a Dios de maneras que deberían pasmarnos".
[xii]
La santidad de Dios no puede ser evitada. Se revela en las Escrituras como
su total separación del pecado, y su aborrecimiento absoluto y hostilidad a
él, de modo que ni siquiera puede mirar el pecado: "¿No eres tú desde el
principio, oh Jehová, Dios mío, Santo mío? [...] Muy limpio eres de ojos
para ver el mal, ni pueden ver el agravio" (Habacuc 1:12, 13). No obstante
también vemos, en la Escritura, que él no solamente ansia limpiarnos sino
también decide tomar nuestro pecado sobre sí mismo, de modo que el juicio
divino contra el pecado abate su vida en lugar de la nuestra. ¡Dios, el
"Santo", toma la iniciativa de salvar a los pecadores!
"A fin de hablar acerca del amor de Dios -su misericordioso don del perdón-
uno debe ser profundamente sincero, casi impulsado a afrontar la oscuridad,
la plaga inmunda, la mancha del pecado. Esto no es un pensamiento muy
popular, y aún menos un ejercicio atrayente. ¿Por qué, cuando tantos sufren
de autodesprecio severo, una imagen propia pobre y un profundo vacío de
relaciones, alguien, especialmente un psicólogo, anima a los que luchan,
heridos, a considerar su impiedad? Suena cruel, pero puede dar vida. ¿Cómo?
"La respuesta es tan
compleja como enredada es el alma humana caída, pero puede ser abordada con
términos sencillos:
La misericordia es persistentemente significativa únicamente hasta el punto
en que soy silenciado por la enormidad de mi rechazo del amor de Dios, y del
de los
demás, con todo mi corazón, alma, fuerzas y
mente.
Estaré totalmente abrumado por la dirección de la cual procede la ira de
Dios en su santo odio hasta el punto en que comprendo lo que merezco (y esa
comprensión debería profundizarse cada día y en cada interacción con otros
seres humanos)".
[xiii]
Oh sí, Dios nos invita a llamarlo "Padre", pero él no es una figura
sentimental como Santa Claus. Cuánto más preciosa es su paternidad al darnos
cuenta verdaderamente de que, por causa de nuestra pecamino- sidad y pecado,
seríamos consumidos en forma instantánea en el fuego deslumbrante de su
santidad si Cristo no hubiese ofrecido su vida en nuestro favor. La muerte
de Cristo en la cruz no fue un crucifijo estético entre dos velas sobre un
altar. Fue una ejecución divina, que separó a Dios de Dios. La expiación de
Cristo fue un acto drástico y doloroso hecho voluntariamente por un Dios
santo, que ama.
La comprensión más profunda de la Expiación
llegará en un momento cuando estemos confrontados con la santidad absoluta
de Dios. No obstante, este es el punto mismo en el cual tantos cristianos
modernos retroceden. Oh sí, nos gusta pintar a Dios como un padre amante, o
como un Dios de belleza, verdad y bondad conjurados en nuestra mente. O tal
vez como una "fuerza" abstracta dentro de nosotros, a la que podemos
recurrir para nuestro beneficio. Pero, el verdadero Dios bíblico del cielo y
la Tierra, que es santo, ese es un asunto totalmente diferente. Ese es el
momento cuando muchas personas que han estado jugando con la religión, pero
que no conocen realmente a Dios en su santidad, de repente retroceden. Pero,
supongamos que él nos confrontara como lo hizo con Jacob, Moisés y Josué
–este poderoso Dios del cielo y de la Tierra, nuestro amante Padre, Juez,
Luz del Mundo, el Alfa y la Omega, el Rey de reyes y Señor de señores–,
quien es "Santo,
santo, SANTO". ¿Qué sucedería? Un
negro spiritual lo dice bien:
"Alabemos a Dios juntos
sobre nuestras rodillas".
[i]
Ver también 2 Reyes 19:22; Job 6:10; Salmo 71:22; 78:41; 89:18;
Proverbios 9:10; 30:3; Jeremías 50:29; 51:5; Ezequiel 39:7; Habacuc
1:12; 3:3.
[ii]
Elena de White se refiere a la experiencia de Jacob, a fin de
enseñar reverencia: "La humildad y la reverencia deben caracterizar
el comportamiento de todos los que se allegan a la presencia de
Dios. En el nombre de Jesús, podemos acercarnos a él con confianza,
pero no debemos hacerlo con la osadía de la presunción, como si el
Señor estuviese al mismo nivel que nosotros. Algunos se dirigen al
Dios grande, todopoderoso y santo, que habita en luz inaccesible,
como si se dirigieran a un igual o a un inferior. Hay quienes se
comportan en la casa de Dios como no se atreverían a hacerlo en la
sala de audiencias de un soberano terrenal. Los tales deberían
recordar que están ante la vista de aquel a quien los serafines
adoran, y ante quien los ángeles cubren su rostro. A Dios se lo debe
reverenciar grandemente; todo el que verdaderamente reconoce su
presencia se inclinará humildemente ante él y,
como Jacob cuando contempló la visión de Dios, exclamará: '¡Cuán
terrible es este lugar! No es otra cosa que casa de Dios, y puerta
del cielo" (Patriarcas y profetas,
pp. 256, 257; el énfasis fue añadido).
[iii]
Dale Patrick,
The Rendering of God in the Old Testament
(Filadelfia: Fortress Press, 1981), p. 128.
[iv]
Dan B. Allender y Tremper Longman III,
Bold Love
(Colorado Springs, Colo.: NavPress, 1992), p. 70.
[v]
Note la duplicación: dos veces Daniel menciona que no tenía fuerzas.
[vi]
Patrick, p. 128.
[vii]
Elena de White,
El Deseado de todas las gentes,
pp. 212, 213.
[viii]
Ibíd.,
párrafos elegidos de las páginas 130 a 132.
[ix]
G. C. Berkouwer,
Man: The Image of God
(Grand Rapids, Mich.: Eerdmans, 1972), p. 190.
[x]
Allender y Longman, p. 267.
[xi]
Ibíd.
[xii]
Ibíd.
Allender y Longman continúan: "Su propósito inexorable y su
presencia gloriosa nos silencian. Su bondad desconcertante nos
pasma. Sencillamente, no responde a mi odio como temo que él lo
haga, como lo he experimentado en incontables otras relaciones antes
y ¡como sé que debería hacerlo! Su disciplina, aunque dolorosa,
finalmente producirá una cosecha de gozo. Su exposición de mi
pecado, aunque penetrante y productora de vergüenza, conduce a un
abrazo que es más dulce que el merengue. Nuestra experiencia con
odiar a la gente y hacer que lo sepan no nos prepara para
encontrarnos con Dios".