| Gálatas: Una respuesta apasionada para una iglesia con problemas |
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Capítulo
4 - Nuestra nueva identidad en Cristo |
Ya me ha pasado en dos ocasiones, y jamás lo olvidaré. He
sido confundido dos veces con otra persona, y no solo por parte de algún
desconocido, sino por personas que creía que me conocían. La primera vez fue en
Toronto, Canadá, durante un concilio ministerial que precedió a un congreso
religioso internacional el año 2000. El salón de actos de la convención en el
que tuvo lugar el encuentro principal era enorme y estaba atestado de gente del
mundo entero. Después de encontrar un asiento en la parte de atrás, empecé a
mirar alrededor por si podía identificar a alguna persona que conociera. Sin
embargo, por mucho que me empeñaba, no podía ver a una sola persona que
reconociera. La situación me hizo sentirme completamente solo, como una
minúscula partícula de arena en una vasta playa junto al mar.
Entonces, justamente cuando acababa la reunión, vi por fin
un rostro que reconocía. Era alguien a quien había conocido cuando trabajé como
pastor en Minnesota. Sentí que volvía de repente la vida. Pese a lo difícil que
resultaba, me abrí camino entre la muchedumbre para saludar a mi amigo. Cuando
me vio, se le iluminó el rostro y me dio un fuerte abrazo. De inmediato, nos
pusimos al día mutuamente sobre cómo les iba a nuestras esposas y nuestros
hijos. Tenía en interior una sensación muy entrañable. Y entonces ocurrió. Me
llamó Barry y me preguntó qué tal me fue de pastor en Colorado. Al principio
supuse que había entendido mal lo que dijo, así que le pedí que repitiera. Y, en
efecto, volvió a llamarme Barry. No podía creerlo. ¡Me tomó por otra persona!
Pese a lo mucho que me disgustaba darle la noticia, le dije que yo no era Barry,
de Colorado, sino Carl, de Indiana.
Me pasó lo mismo unos tres años después en una reunión al
aire libre en Carolina, cuando un antiguo profesor con el que había mantenido
contacto a lo largo de los años me confundió por completo con otra persona.
Después de que le hice notar su error, tuve la sensación de que ya no estaba, ni
mucho menos, tan interesado en nuestra conversación como antes. No tengo que
decir que ambas experiencias me dejaron con una sensación de cierta conmoción,
como si, de alguna manera, hubiera perdido mi propia identidad.
La identidad es importante. Es lo que nos define en
contraposición con un mundo lleno de miles de millones de personas diferentes.
Nuestra identidad es la totalidad de todo lo que somos: consiste en todas
nuestras experiencias, nuestros sueños, nuestras esperanzas y nuestras
aspiraciones. Y pasamos toda nuestra vida construyendo, potenciando, manteniendo
y protegiendo nuestra identidad. Precisamente eso dificulta enormemente
cualquier trastorno importante en nuestra vida personal. Mudarse a otro lugar,
cambiar de trabajo, la pérdida de la memoria o separarse de la familia, los
amigos o la patria pueden estar entre los acontecimientos más traumáticos de la
vida, porque nos obligan, en distintos grados, a perder lo que somos, así como a
reformular quiénes somos.
[1]
La cuestión de nuestra identidad
y los retos que a menudo se enfrentan a ella son el quid de lo que Pablo
describe en Gálatas 2:15- 21. La situación que causa una división entre él y los
alborotadores de Galacia no es trivial. No es meramente cuestión de ideas
diferentes respecto a cómo una persona debe vestirse, ni siquiera sobre cómo
debe comportarse. Ni implica meramente diferencias entre una interpretación más
liberal y una más conservadora de las Escrituras hebreas. No, la cuestión de
Galacia es mucho más básica y fundamental. En último término es una cuestión de
identidad: la identidad de un cristiano. Según lo expresa Tom Wright,
«es cuestión de quién eres en el Mesías».
[2]
Aunque el argumento básico de conjunto de Pablo en Gálatas
2:15-21 es muy simple, la forma en que desarrolla su argumento es en realidad
uno de los pasajes más complejos y teológicamente densos de todas sus
Epístolas. Por ello, aunque el pasaje está repleto de una maravillosa capacidad
de percepción, también es fácil perderse en los detalles. Por lo tanto, antes de
zambullirnos en el pasaje, es importante que echemos anclas para que no perdamos
nuestro lugar cuando volvamos a la superficie.
Las anclas que van a evitar que nos perdamos en la
compleja exposición de Pablo son la conclusión a su argumento de Gálatas 2:20:
«Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en
mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual
me amó y se entregó a sí mismo por mí». Aquí el apóstol declara que la vida
cristiana, en esencia, tiene que ver con la pérdida de nuestra vieja identidad y
con abrazar la nueva identidad que, en Cristo, nos pertenece. O, dicho de otra
forma, la vida cristiana no tiene que ver esencialmente con lo que hacemos, sino
con quiénes somos en Cristo. Con independencia de lo difíciles o confusos que
puedan parecer los comentarios de Pablo en Gálatas 2:15-21, es importante que
recordemos que todo lo que dice se propone presentar este argumento principal.
Así, con su conclusión como ancla, consideremos el pasaje más de cerca.
Un comienzo más bien extraño
A primera vista, sus palabras parecen bastante extrañas:
«Nosotros somos judíos de nacimiento y no "pecadores paganos"» (versículo 15,
NVI). ¿Cómo podía Pablo, el gran defensor de la igualdad en Cristo (Gálatas
3:28), decir realmente tal cosa? Tiene un sonsonete que dista de ser típico de
él. ¿Cómo puede afirmar, en el versículo 20, que todos tenemos una nueva
identidad en Cristo, si parece que declara exactamente lo contrario en el
versículo 14? Desde luego, también los judíos son pecadores. De hecho, las
palabras del versículo 14 parecen un eco de lo que Pedro o los judíos llegados
de Jerusalén habrían dicho: la teología del «nosotros» en contraposición al
«ellos» que Pablo acababa de condenar en la conducta de Pedro y Bernabé. ¿Qué
podemos sacar de todo ello?
Las palabras de Pablo tienen más sentido si las
consideramos en su contexto inmediato. En los versículos anteriores acaba de
señalar el error de la conducta de Pedro y Bernabé al tratar a los creyentes
gentiles incircuncisos como cristianos de segunda (Gálatas 2:11-13). Acto
seguido, en el versículo 14, menciona lo que dijo públicamente a Pedro: «Si tú,
que eres judío, vives como si no lo fueras, ¿por qué obligas a los gentiles a
practicar el judaísmo?» (NVI). En otras palabras, Pablo acusó al discípulo de
ser un hipócrita. Pedro decía una cosa, pero hacía otra. Aunque Pedro decía lo
«correcto» (los creyentes gentiles incircuncisos son plenamente cristianos), al
distanciarse de ellos reveló por sus acciones que creía que eran creyentes de
segunda.
¿Dijo algo Pedro en su propia defensa? ¿Aceptó la
reprensión de Pablo? Desgraciadamente, jamás lo sabremos, al menos en esta
orilla de la eternidad. Sin embargo, sí parece seguro que la confrontación tuvo
muchos más elementos. En mi opinión, es probable que Gálatas 2:15, 16 sea un
resumen de lo que el apóstol dijo a Pedro a continuación delante de los
creyentes gentiles y judíos en Antioquía.
Vista desde esta perspectiva, la declaración de Pablo en
Gálatas 2:15 tiene más sentido. En lugar de considerar que el versículo 14
represente su «propio» punto de vista, es mejor entenderlo como una declaración
de un hábil retórico que ha elegido cuidadosamente sus palabras para ganarse a
sus adversarios para su propia posición. Pablo procura lograr esto expresando
un punto de vista con el que le consta que coincidirán sus compatriotas judíos:
la distinción tradicional entre judíos y gentiles, la idea de que los judíos son
los elegidos de Dios y los gentiles son pecadores. Hasta cierto punto, es
verdad. Dios, en efecto, dio su ley a los judíos, y estos eran el pueblo de su
alianza. Pero Pablo no hablaba de eso. Con esas palabras está intentando captar
la atención de sus adversarios formulando algo con lo que sabe que coincidirán
antes de demostrar la insensatez de la manera que tenían de definir la vida
cristiana.
El apóstol está convencido de que el reconocimiento de
Jesús como el Mesías prometido lo ha cambiado todo. La distinción entre judío y
gentil que defendían Pedro y los judíos de Jerusalén, sencillamente, no era
válida. Era un falso evangelio arraigado en la conducta humana, y Pablo lo
condenaba como había hecho antes (Gálatas 1:6-11). ¿Cómo podía ser de otra
manera cuando, en último término, todo depende de la relación de la persona –sea
gentil o judía– con Jesucristo? O, según lo expresa Pablo con sus propias
palabras: «Sabiendo que el hombre no es justificado por las obras de la ley,
sino por la fe de Jesucristo, nosotros también hemos creído en Jesucristo, para
ser justificados por la fe de Cristo y no por las obras de la ley, por cuanto
por las obras de la ley nadie será justificado» (Gálatas 2:16).
Encontrar sentido en la jerga teológica de Pablo
«Justificación», «obras», «fe»:estas tres palabras que
Pablo reitera varias veces en Gálatas 2:16 constituyen algunos de los términos y
las expresiones clave que encontró útiles para explicar la buena nueva
maravillosa de lo que Dios ha hecho por la raza humana por medio de la vida, la
muerte y la resurrección de Jesús. Cualquiera que haya frecuentado una iglesia
durante algún tiempo sabe que las palabras siguen siendo populares en la
actualidad entre los cristianos. Sin embargo, aunque aparezcan con regularidad
en sermones, himnos y cánticos religiosos, algunas se han convertido en poco más
que una simple jerga espiritual, algo así como una «jerigonza eclesiástica» con
una carga de poco significado real. No obstante, el uso que Pablo hace de esos
vocablos nos da ocasión de considerar la rica significación de las palabras y de
ver por qué han encontrado tanto eco entre los cristianos a lo largo de los
últimos dos mil años.
El término «justificación» y todos sus parientes
terminológicos diversos (justo, justicia, justificado, recto y rectitud) era una
de las palabras recurrentes de Pablo para explicar el evangelio tanto a judíos
como a gentiles. De las casi cuarenta veces que aparece el verbo «justificar»
(griego
dikaio)
en el Nuevo Testamento, veintisiete se encuentran en las Cartas de Pablo, lo que
representa casi el 70% de su uso total. Además, en lo que puede ser la primera
explicación formal escrita del evangelio (suponiendo una fecha temprana para
Gálatas), Pablo emplea «justificación» no menos de trece veces en esta Epístola
(2:16, 17, 21; 3:6, 8, 11, 21, 24; 5:4, 5), incluyendo cuatro referencias en tan
solo dos versículos (Gálatas 2:16, 17). El frecuente uso de «justificación» en
una Carta tan corta como Gálatas sugiere que contiene la clave para entender la
propia Epístola en su conjunto. Entonces, ¿qué significa ser justificado?
«Justificación» es un término legal, o forense, relacionado
con las acciones judiciales realizadas en un tribunal de justicia. Se refiere al
dictamen o al veredicto positivos que pronuncia un juez cuando se determina que
una persona es inocente de los cargos que habían sido presentados contra ella.
Dos pasajes del Antiguo Testamento ilustran la imagen del tribunal de justicia
relacionada con tal dictamen. En Deuteronomio 25:1, Dios, por medio de Moisés,
dice a los hijos de Israel: «Cuando dos hombres tengan un pleito, se presentarán
ante el tribunal y los jueces decidirán el caso, absolviendo al inocente y
condenando al culpable» (NVI). Proverbios 17:15 usa una idéntica terminología
como parte de una advertencia contra jueces corruptos: «El que justifica al
malvado y el que condena al justo, ambos son igualmente abominables para
Jehová».
Ambos versículos veterotestamentarios mencionan dos
veredictos legales lado a lado. Un veredicto es «justificación» (o absolución) y
el otro «condena». El hecho de que los dos dictámenes sean diametralmente
opuestos entre sí nos ayuda a entender lo que implica la justificación. Si la
justificación es lo contrario de la condena, implica mucho más que el indulto o
que el perdón de los pecados. La justificación es la declaración positiva de que
una persona es «justa» o «recta». De hecho, aunque las palabras «justo» y
«recto» provienen de dos raíces españolas diferentes, en griego derivan en
realidad de la misma raíz. Que una persona sea justificada significa no que
meramente esté perdonada, sino que sea declarada legalmente y contada como
«recta».
La popular serie televisiva
CSI: En
la escena del crimen
ofrece una ilustración más moderna del significado legal asociado con la
justificación. Aunque las audiencias de televisión siempre han estado fascinadas
por las series y películas de «policías y ladrones», los protagonistas de
CSI no son los policías, sino los
científicos «forenses», que son capaces de resolver delitos que, si no fuera
por ellos, parecerían irresolubles. Un científico forense es alguien que usa la
ciencia para analizar y presentar evidencia imparcial descubierta en la escena
de un crimen que puede ser usada ante un tribunal de justicia. Así, la ciencia
forense capacita a un juez para que emita un veredicto justo en un
enjuiciamiento criminal: justificar al inocente y condenar al malhechor.
No deja de tener su interés que la palabra «forense» derive
del vocablo latino
forensis, que significa «relativo al foro».
En los días de Pablo, los funcionarios judiciales presentaban una querella
criminal ante los magistrados locales o incluso ante el gobernador en el foro de
la ciudad, la plaza pública que estaba en el centro de toda ciudad grecorromana.
El acusado y el acusador presentaban alocuciones en las que presentaban sus
razones, y la persona con el mejor argumento y la mejor presentación ganaba. El
libro de Hechos pone de manifiesto que Pablo estaba familiarizado de primera
mano con las connotaciones legales relacionadas con la palabra «justificación».
Vez tras vez, los enfurecidos judíos lo llevaron ante las autoridades locales y
lo acusaron falsamente de tener intenciones maliciosas (Hechos 16:19-23;
17:12-16), y es posible que haya sido juzgado por el mismísimo emperador Nerón
(Hechos 25:1-12).
Sin embargo, cuando Pablo habla de la justificación, no
tiene presente ningún tribunal terrenal de justicia. Al contrario, su
preocupación se centra en la sala del trono celestial, en la que un Dios santo
actúa de juez sobre los habitantes del mundo entero (Romanos 14:10; 2 Corintios
5:10). No obstante, aquí encontramos un problema. ¿Cómo puede un Dios santo, que
odia el pecado, «justificar» o declarar, a la vez, seres humanos pecadores como
justos? ¿Qué podemos hacer para garantizar que seremos justificados ante Dios y
no condenados? Esto nos lleva al segundo concepto clave que Pablo menciona en
Gálatas 2:15,16: las obras de la ley.
¿Cómo puede una persona obtener la aprobación de Dios? La
lógica sugeriría que la forma de obtener el favor de alguien es
hacer algo bueno
por esa persona. Tienes que
ganártelo. Ocurre continuamente en la sociedad, ya
sea que implique relaciones individuales o política. Sin embargo, Pablo se opone
a este tipo de razonamiento. Declara: «[Sabemos] que el hombre no es justificado
por las obras de la ley» (Gálatas 2:16; ver también Romanos 3:20, 28). El
apóstol tiene claro que nunca podremos obtener el favor de Dios por «las obras
de la ley», pero, ¿qué quiere decir exactamente?
La mejor manera de considerar lo que quiere decir con la
expresión «las obras de la ley» es empezar con una evaluación general de cómo
la usa y cómo se compara con expresiones similares que emplea. La expresión
«obras de la ley» (en griego,
erga nomou) aparece ocho veces en las
Epístolas de Pablo (véanse Romanos 3:20, 28; Gálatas 2:16; 3:2, 5, 10), y en
cada ocasión tiene una connotación negativa. También usa la palabra «obras» de
forma negativa cuando la emplea en relación con la carne (Gálatas 5:19) y las
tinieblas (Romanos 13:12; Efesios 5:11;
cf. del diablo, 1 Juan 3:8). Para que no lleguemos a
la conclusión equivocada de que Pablo está contra las «obras» en general, es
importante señalar que el apóstol se refiere a menudo a las «buenas obras»
(Romanos 2:6, 7; 13:3; 2 Corintios 9:8; Efesios 2:10; Filipenses 1:6; Colosenses
1:10; 1 Timoteo 5:10; 2 Timoteo 2:21; 3:17; Tito 1:16; 3:1), y siempre de manera
positiva. El apóstol habla positivamente también de «la obra de Dios» (Romanos
14:20) y de «la obra de Cristo» (Filipenses 2:30). Por ello, sea cual sea el
tema que aborde en ese caso, en sus escritos solo la expresión «obras de la ley»
conlleva un significado negativo.
Sorprendentemente, Pablo es el único autor de toda la
Biblia que usa la expresión «obras de la ley». La frase no aparece en ningún
otro lugar del Nuevo Testamento, del Antiguo Testamento y ni siquiera en la
literatura rabínica de los dos primeros siglos de la era cristiana. Durante
años, lo que parecía una expresión puramente paulina ha intrigado a los
eruditos. La ausencia de cualquier otro uso contemporáneo de la expresión llevó
a algunos a la conclusión de que, por «ley», Pablo no se refería a las leyes de
Dios en general, sino exclusivamente a las «marcas de identidad» del judaísmo
–concretamente, la circuncisión, las normas alimentarias y el sábado–. Otros
defendían que era meramente su forma de hablar del legalismo, ya que la lengua
hebrea no tenía ninguna palabra específica para tal concepto.
Sin embargo, a finales de la década de 1980 vio la luz,
gracias a un rollo hasta entonces inédito procedente del Mar Muerto, una nueva
perspectiva de lo que Pablo quería decir con la expresión «obras de la ley». Los
rollos del Mar Muerto son una colección de documentos descubiertos en 1947 que
contiene los escritos de una secta judía conservadora conocida con el nombre de
esenios, la cual floreció en Israel durante los días de Jesús y de Pablo. Los
rollos son de gran valor, porque nos proporcionan las copias más antiguas de las
Escrituras hebreas que han llegado hasta nuestros días, además de valiosas
perspectivas en cuanto a las creencias de un grupo de judíos que vivían en los
días de Jesús.
Aunque se escribió en hebreo, uno
de los rollos contiene la expresión exacta que Pablo usa en sus Cartas. El
título del rollo es
Miqsat ma'ase ha-torah
(al que se suele aludir como MMT), que pude traducirse como «Obras de la ley
importantes».
[3] El rollo trata
sobre varios asuntos basados en diversas leyes de la Biblia y se ocupa, en
particular, de cómo evitar que las cosas santas se vuelvan impuras, incluyendo
varios requerimientos que advierten contra el contacto con los gentiles. Y, al
final del rollo, el autor dice con confianza a sus lectores que si obedecen
estas «obras de la ley», «seréis considerados justos» ante Dios. Parece reflejar
el tipo exacto de mentalidad contra el que luchó Pablo en Gálatas: la creencia
en que mediante la obediencia de la ley de Dios una persona puede ganarse el
favor divino.
Así, su uso de la expresión «obras de la ley» parece ser
similar a lo que encontramos en los rollos del Mar Muerto. No se refiere
exclusivamente a ninguna ley en particular, ni socava la importancia de las
buenas obras realizadas por amor de Dios y de los demás. Con «obras de la ley»
Pablo alude a cualquier acto de obediencia a la ley de Dios realizado
buscando ganarnos el favor de Dios. Al
legalismo. A diferencia del autor de MMT, el apóstol declara que todo empeño por
ganarnos el favor de Dios por nuestra buena conducta está condenado al fracaso.
¿Qué hay de malo en la obediencia? Aunque Pablo no lo
explica con detalle aquí, el problema no es que la obediencia sea mala, ni que
la ley de Dios sea de alguna manera insuficiente. La dificultad radica, más
bien, en nosotros. El pecado nos ha corrompido. Como dice Pablo en otro lugar,
«todos pecaron [en el pasado] y están destituidos de la gloria de Dios [en el
presente]» (Romanos 3:23). Somos como un violín roto. Aunque aún pudiera emitir
algunos sonidos, un violín roto nunca podrá producir toda la gama de sonidos
melodiosos para cuya emisión fue creado en su origen. La raza humana también
está rota. Por ello, independientemente de lo mucho que nos esforcemos por
cumplir la ley de Dios, nuestra conducta nunca alcanzará el nivel de perfección
necesario para que Dios declare que somos verdaderamente «justos» o «rectos».
Tal veredicto es imposible, dado que su ley requiere fidelidad absoluta en
pensamiento y acción -no simplemente parte del tiempo, sino desde nuestro primer
aliento hasta el último, y no solo para algunos de sus mandamientos, sino para
todos-.
Visto desde esta perspectiva, el problema humano no es una
cuestión superficial que requiera únicamente algunas modificaciones externas
aquí y allá. Al contrario, se trata de algo que es el quid de quiénes somos, de
nuestra identidad; porque, sin importar lo que hagamos, seguimos teniendo el
historial de una vida contaminada que nos identifica como pecadores.
Si nuestra buena conducta o nuestras obras no son
suficientes para ganarnos el favor de Dios, ¿qué esperanza tenemos? Esto nos
lleva a la palabra clave final que usa Pablo en Gálatas 2:16:1a fe.
La clave para contar con el favor de Dios tanto ahora como
en el juicio final no es nuestra obediencia, sino la fe. Pero no cualquier fe.
Para Pablo la fe no es simplemente un concepto abstracto: está inseparablemente
unida a Jesús. De hecho, la expresión griega traducida dos veces como «fe en
Jesucristo» en Gálatas 2:16 (NVI) es mucho más rica de lo que en realidad puede
abarcar cualquier traducción (véanse también Romanos 3:22, 26; Gálatas 3:22;
Efesios 3:12; Filipenses 3:9). En griego, la expresión significa, literalmente,
«la fe de Jesús» o «la fidelidad de Jesús». Revela el intenso contraste que el
apóstol presenta entre las obras de la ley y la obra de Cristo realizada a favor
nuestro. Para Pablo, el énfasis no está en
nuestra fe en Jesús, sino en la fidelidad de
Jesús. Así que la cuestión no está en la contraposición entre
nuestras obras y
nuestra fe: ello casi haría de nuestra fe algo
meritorio, y no es así. Antes bien, la fe es únicamente el conducto a través del
cual nos aferramos a Cristo. Somos justificados no por
nuestra fe, sino por la
fidelidad de Cristo.
Jesús hizo lo que Israel como nación y todo israelita
individual no lograron hacer: fue fiel a Dios en cada momento de su vida. Aunque
fue tentando «en todo según nuestra semejanza» (Hebreos 4:15), Jesús nunca
vaciló ni cedió al pecado. Vivió la vida perfecta que requería la ley de Dios y,
como segundo Adán, reescribió la historia de la raza humana (Romanos 5:18, 19).
Nos ofrece hoy esa historia nueva: una nueva identidad, marcada no por el
pecado, el fracaso y la derrota, sino por la pureza, la justicia y la victoria.
Nuestra única esperanza reside en la fidelidad de
Cristo. Pablo nos pide que, en lugar de confiar en nuestra defectuosa conducta
para ganarnos de algún modo el favor de Dios, pongamos nuestra fe, toda nuestra
confianza, en la fidelidad de Cristo. Los pecadores podemos ser justificados
ante la vista de Dios únicamente mediante la obra de Dios en Cristo. Un autor lo
expresa así: «Creemos en Cristo no para poder ser justificados por esa creencia,
sino para poder ser justificados por su fe/fidelidad a Dios».
[4]
Una antigua traducción siríaca del siglo V denominada
Peshitta transmite muy bien el significado original de Pablo.
Afirma: «Porque sabed que un hombre no es justificado por las obras de la ley,
sino por
la fe de Jesús el Mesías, y creemos
en él, en Jesús el
Mesías, para que,
por su fe, la del
Mesías, podamos ser justificados, y no por las obras de la ley».
[5]
La fe o la creencia en Cristo que Pablo nos pide que
expresemos no es un tipo de sensación o de actitud que un día decidimos tener
solo porque Dios lo requiere. Al contrario, la genuina fe bíblica es siempre una
respuesta a Dios. Se origina en un corazón tocado por un sentido de gratitud y
de amor por la bondad divina. Por eso, cuando la Biblia habla de la fe de
alguien, esa fe es siempre una respuesta a alguna iniciativa que Dios ha tomado.
En el caso de Abraham, por ejemplo, fe es su respuesta a las estupendas promesas
que Dios le hace (Génesis 12:1-4). Sin embargo, en el Nuevo Testamento, la fe
verdadera, genuina y salvadora está arraigada, en último término, en nuestra
comprensión personal de que, en la vida, la muerte y la resurrección de Cristo,
Dios nos ofrece una nueva identidad: la misma identidad de su Hijo.
Los ingredientes de la fe genuina
A muchos les gusta definir la fe como una creencia. Sin
embargo, tal definición resulta problemática, dado que en griego la palabra «fe»
es simplemente la forma sustantiva del verbo «creer». Usar una forma para
definir la otra es básicamente como decir que fe es tener fe; eso no nos ayuda.
Un análisis meticuloso de las Escrituras revela que la fe
comprende dos componentes clave. En primer lugar, conlleva no solo el
conocimiento de Dios, sino un asentimiento o una aceptación mentales de ese
conocimiento. Esa es una razón por la cual tener una imagen de conjunto precisa
de Dios es tan importante. En realidad, las ideas distorsionadas sobre su
carácter dificultan que la gente tenga fe. Sin embargo, un asentimiento
intelectual del evangelio no basta, porque «también los demonios creen, y
tiemblan» en ese sentido.
La auténtica fe también afecta a la manera en que vive una
persona. En Romanos 1:5 Pablo habla de «la obediencia de la fe». El apóstol no
quiere decir que la obediencia sea lo mismo que la fe. Antes bien, la auténtica
fe conforma la vida entera de una persona, no solo la mente. Implica confianza y
compromiso, no simplemente a una lista de reglas, sino ante nuestro Señor y
Salvador, Jesucristo.
Una de las principales acusaciones contra Pablo era que su
evangelio de la justificación por la fe alentaba a la gente a pecar (véase
Romanos 3:8; 6:1). Sin duda, sus adversarios razonaban que si la gente no tenía
que guardar la ley para ser aceptada por Dios, ¿por qué iban las personas tan
siquiera a preocuparse de cómo vivir?
Pablo encuentra tal razonamiento sencillamente ridículo.
Aceptar a Cristo por fe no es algo trivial, ni es un juego de ensueño celestial
mediante el cual Dios simplemente considera que una persona, aunque no tenga
ningún cambio real en su manera de vivir, es religiosa. Al contrario, aceptar a
Cristo por fe es sumamente radical. Representa una completa unión con Cristo:
unión tanto en su muerte como en su resurrección. En términos espirituales, el
apóstol dice que estamos crucificados con Cristo. En consecuencia, se han
acabado nuestros antiguos caminos pecaminosos, arraigados en el egoísmo
(Romanos 6:5-14). Hemos efectuado una ruptura radical con el pasado. Todas las
cosas son nuevas (2 Corintios 5:17). También hemos resucitado a una vida nueva
en Cristo. El Cristo resucitado vive dentro de nosotros día a día, haciéndonos
cada vez más semejantes a él. Aunque muchos, de forma equivocada, han enfrentado
a menudo a Pablo y a Santiago entre sí, analizados en su contexto ambos
coinciden en que la fe sin obras está muerta
(cf. Santiago 2:26; 1:22; Romanos 2:13).
Por lo tanto, la fe en Cristo no es pretexto para el
pecado, sino un llamamiento a una relación con Cristo mucho más profunda y rica
de la que jamás podría encontrarse en una religión basada exclusivamente en la
ley.
Nuestra identidad desde la perspectiva de Dios
A muchos les encantan los espejos, y parece que no pueden
vivir sin tener uno cerca. Aunque los espejos, ciertamente, pueden ser útiles,
no siempre son tan maravillosos. En vez de darnos una imagen clara de nosotros
mismos, en realidad presentan, hasta cierto punto, una imagen distorsionada de
la realidad. A poco que lo pienses, si te fijas, lo único que de verdad logran
los espejos es hacernos pensar en nosotros mismos y señalarnos todas nuestras
imperfecciones. Siempre que miramos en un espejo, encontramos algo que tenemos
que arreglar. ¿Recuerdas alguna ocasión en que incluso la mirada más fugaz en un
espejo no exigiera algún tipo de acción encaminada a enderezar o ajustar algo?
En realidad, los espejos traen a nuestra memoria todos los sentidos en que no
damos la talla.
En términos espirituales, los
espejos pueden ser peligrosos si lo único que hacen es enseñarnos a mirarnos a
nosotros mismos teniendo en cuenta nuestra propia identidad. En vez de quedarnos
con la mirada clavada en nuestra propia imagen en el espejo y contemplar todos
nuestros defectos y nuestros fracasos, Dios nos llama a que nos miremos a
nosotros mismos y a nuestros hermanos en Cristo desde su perspectiva. Cuando él
nos mira, no ve todas las imperfecciones que con tanta facilidad detectamos en
los demás y en nosotros mismos. En vez de ellas, ve la vida inmaculada de su
Hijo, porque lo que vale para Cristo vale para todos aquellos que ponen su fe en
su fidelidad.
Material provisto por RECURSOS ESCUELA SABATICA ©
[1] T. Wright, Paul for Everyone:
Galatians and Thessalonians [Pablo para todos: Gálatas y
Tesalonicenses] (Lousville, Kentucky: Westminster John Knox, 2004), p.
24.
[2]
Ibíd. La
cursiva es nuestra.
[3] Martin Abbeg, “Paul, ‘Works of the Law’, and MMT” [Pablo, “las obras de
la ley” y MMT], Biblical
Archaeology Review (noviembre-diciembre de 1994), pp. 52-55, 82.
[4] J. McRay, Paul: His Life and
Teaching [Pablo: Su vida y su enseñanza], (Grand Rapids: Baker
Academic, 2003), p. 355.
[5]
Traducción del autor. La Biblia
Peshitta en español tradujo Gálatas 2:16 de la siguiente manera:
«Sabiendo que el hombre no es justificado por las obras de la ley sino
mediante la fe de Jesucristo, también nosotros hemos creído en
Jesucristo para ser justificados mediante la fe del Cristo y no por las
obras de la ley, porque por las obras de la ley ninguna carne es
justificada»