| Gálatas: Una respuesta apasionada para una iglesia con problemas |
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| Capítulo 8 - De esclavos a herederos |
El no
ser exactamente igual que los demás niños del colegio, sino tratarse en realidad
de un príncipe o una princesa, parece haber sido el sueño de casi todos los
niños al menos una vez en la vida. Una gran cantidad de libros y películas se
aprovechan de esta fantasía infantil, a menudo con un éxito sensacional. De
niño, relatos como
El pequeño Lord Fauntleroy captaban mi
imaginación y me llevaban a soñar despierto en cómo sería eso de ser príncipe.
A mis hijas les pasó lo mismo cuando crecían, salvo que, en su caso, estaban
fascinadas por relatos como el de Cenicienta. Naturalmente, no solo los niños se
fascinan con tales historias. Parece que el deseo de ser alguien especial
afecta hasta a los adultos.
En la
década de 1920 había gente en todo el mundo que había quedado cautivada con la
posibilidad de que una mujer que se llamaba Anna Anderson no fuese simplemente
una obrera de una fábrica polaca, sino, en realidad, nada más y nada menos que
la gran duquesa Anastasia de Rusia, hija menor del zar Nicolás II. Durante la
revolución bolchevique, Nicolás II y toda su familia fueron brutalmente
asesinados, o eso se creía. Circularon rumores de que quizá sus dos hijos
menores hubieran escapado: Anastasia y su hermano Alexei. La pretensión de
Anderson de ser Anastasia provocó un circo mediático que duró muchos años y dio
origen a varios libros y películas. La idea de que una jovencita campesina
pudiera en realidad ser una princesa parecía inspirar a muchos con esperanza
para su propia problemática vital. Así, aunque Anna tuvo su parte alícuota de
adversarios, también contó con muchos partidarios, algunos de los cuales eran
incluso parientes de Nicolás II. A pesar de que jamás pudo demostrar sus
alegaciones ante un tribunal, Anna nunca se retractó de su pretensión de ser
Anastasia.
Descubrimientos recientes, sin embargo, han demostrado que Anna no era
Anastasia. Las pruebas de ADN no solo han puesto muy en duda su pretensión, sino
que especialistas forenses rusos también han descubierto y verificado las tumbas
y los restos corporales del zar y de toda su familia. A pesar de sus
reivindicaciones en sentido contrario, Anna no era princesa en absoluto. Fue
simplemente una campesina y una charlatana. Al final, su historia no fue más que
un cuento de hadas.
Aunque
algunos podrían afirmar que nuestro deseo de ser algo más de lo que en realidad
somos es solo una fantasía infantil, o quizá una forma de escapar de los
problemas de la vida real, creo que es algo más. Es el susurro con el que Dios
nos dice que nuestra vida es, verdaderamente, mucho más valiosa de lo que jamás
podríamos esperar o imaginar. En Gálatas 3:26-4:11 Pablo insta a los gálatas a
que recuerden precisamente esto. Por lo que Cristo ha hecho, ahora somos hijos e
hijas de Dios, príncipes y princesas en su reino. El apóstol los insta a dejar
de vivir la vida como si fueran esclavos y a disfrutar de todos los derechos y
privilegios que acompañan a la condición de hijo. Anna Anderson no necesitaba
ser una charlatana para ser la hija de un Rey: ya lo era. Sencillamente, ¡nunca
se dio cuenta!
Hijos de Dios (Gálatas 3:26-29)
Los
creyentes judíos en Galacia habían insistido en que era necesario que los
gentiles se circuncidasen para entrar a formar parte de la familia del pacto de
Dios. Como hemos visto, las pretensiones de los tales llevaron a Pablo a una
extensa presentación del papel de la fe y la ley en el plan de salvación. Ya en
Gálatas 3:7, Pablo señaló que la promesa que Dios había dado al principio a
Abraham y sus descendientes se basaba únicamente en la fe. Aunque la ley es
importante, no fue dada «oficialmente» a la nación de Israel sino hasta unos
cuatrocientos años después. Por ello, Pablo argumentaba que jamás se planteó que
la ley fuera la revelación suprema de Dios. Había de desempeñar un papel
transitorio en la historia de la salvación similar al de un
paidagogós. Desde una perspectiva histórica
(así como en nuestra propia experiencia personal), el advenimiento de Cristo
cambió de manera fundamental la forma en que los seguidores de Dios se
relacionan con la ley. Aunque siempre señalará el pecado y será una indicación
de la voluntad divina, los creyentes ya no estamos bajo su jurisdicción y su
condena. El cristiano siempre considerará la ley a través de la perspectiva de
Cristo. Y, como cristianos, estamos, en último término, bajo la ley de Cristo
(Gálatas 6:2; 1 Corintios 9:21).
Gálatas 3:26 marca otra fase en la argumentación del apóstol. Pablo da una
segunda razón por la cual los creyentes ya no estamos bajo la jurisdicción de la
ley: somos «hijos» de Dios que hemos alcanzado la mayoría de edad. Ya no somos
niños, sino adultos. Aunque el apóstol ya había explicado la relación entre la
ley y la promesa, ahora centra su atención en la relación entre la ley y la
filiación. Y, cuando desarrolla el concepto de filiación en Gálatas 3:26-4:11,
pone fin a su sus pensamientos sobre la identidad de los auténticos hijos de
Abraham que introdujo inicialmente en Gálatas 3:7.
No
debiéramos tomar el uso exclusivo del apóstol de la palabra masculina «hijos»
como una afrenta al género femenino. Desde luego, sus comentarios del versículo
28 indican que incluye mujeres en esa categoría. Pablo destaca a los «hijos»
porque, subconscientemente, piensa en la herencia familiar que, en su tiempo y
en su cultura, se transmitía a los descendientes varones.
Aunque
es fácil pasarlo por alto, es significativo su cambio en el uso de pronombres en
el versículo 26. Pablo había dirigido sus comentarios anteriores a los creyentes
judíos (el «nosotros» de los versículos 23-25). Ahora se dirige a todos los
creyentes gentiles de Galacia con el uso del pronombre plural de segunda
persona, «vosotros». La afirmación que hace en el versículo 26 es
revolucionaria: se dirige a los gentiles como «hijos de Dios», designación que
Dios había usado como fórmula especial de afecto para referirse a la nación de
Israel (Éxodo 4:22-23; Deuteronomio 14:1-2 y Oseas 11:1). Al llamar «hijos de
Dios» a los gentiles incircuncisos, Pablo desechaba la mentalidad del «nosotros»
contra «ellos» promovida por algunos creyentes judíos. La bendición que había de
llegar a
todas las familias
de la tierra como parte de la promesa de Dios a Abraham se había convertido ya
en una realidad en Cristo.
Desgraciadamente, los nuevos miembros de la familia no siempre son bienvenidos.
Cuando alguien se suma a una familia ya establecida, las personas se sienten a
menudo amenazadas, celosas y hasta se enfadan. Hace unos años nuestra familia
experimentó algo de esto cuando decidimos adoptar un caniche. Nuestra hija
pequeña fue quien más se opuso a la idea. Nunca se había sentido muy a gusto al
lado de animales, por lo que la idea de tener un perro en casa no le hacía
gracia. Para empeorar las cosas, al caniche que pensábamos acoger lo habían
esquilado y era cualquier cosa menos bonito. Recuerdo que mi niña preguntaba:
«¿Por qué tenemos que tener un perro? ¿Qué derecho tiene de incorporarse a la
familia?». (Como te imaginarás, algo de tiempo y de pelo obraron maravillas.
Ahora nuestra hija y el caniche son casi inseparables).
Muchos
creyentes judíos interpretaron que la disposición de Pablo a incluir a gentiles
incircuncisos en la familia del pacto de Dios suponía una amenaza. ¿Qué derecho
tenían los gentiles a formar parte de Israel sin hacerse primero judíos? ¿Qué
derecho tenían a ser llamados hijos de Dios? El reiterado uso de la palabra
griega «porque» (traducida a veces por sinónimos) en los versículos 26 y 27
indica la base lógica que subyace a la declaración del apóstol. Los gentiles son
ya parte de la familia del pacto de Dios por dos razones.
En
primer lugar, tal como Pablo ya ha mencionado reiteradamente en su Carta (quería
asegurarse de que lograba que nuestra cabezota lo captara), la base de incluir a
los gentiles no era que
ellos hubiesen hecho algo para merecerlo,
sino únicamente lo que Cristo ya había hecho. Cristo fue fiel (versículo 26).Y
por la fidelidad de Jesús precisamente, ¡los gentiles disfrutan ahora de la
relación especial con Dios que una vez había sido exclusiva de Israel!
Sin embargo, ¿cómo puede
transmitirse a los gentiles la fidelidad de Cristo? ¿Cómo logran acceder a
Cristo? Nuevamente, su uso de la palabra «porque» en el versículo 27 (NVI)
indica el directo desarrollo lógico del razonamiento de Pablo. Los creyentes se
unen a Cristo mediante el bautismo. ¿Por qué el bautismo? «En el Nuevo
Testamento, el bautismo implica invariablemente una radical dedicación personal
que conlleva un "no" decisivo a la anterior forma de vida de cada cual y un "sí"
igual de rotundo a Jesucristo».
[1] En
Romanos 6 Pablo describe el bautismo simbólicamente como la unión de nuestra
vida con Cristo tanto en su muerte como en su resurrección. Sin embargo, resulta
interesante observar que el apóstol emplea una metáfora diferente en Gálatas. No
establece la comparación entre nuestra unión con Cristo en el bautismo y nuestra
muerte con Cristo, sino entre aquella y el hecho de estar revestidos de Cristo.
Aunque las metáforas de Pablo son diferentes, la conclusión sigue siendo la
misma. Nuestra identidad se pierde en Cristo. En el libro de Romanos el viejo yo
se entierra, mientras que en Gálatas está completamente envuelto en las
vestiduras de la justicia de Cristo.
Pablo parece haber extraído
su terminología de «vestirse de Cristo» de los pasajes maravillosamente gráficos
de las Escrituras del Antiguo Testamento que dicen que Dios viste a sus
seguidores de justicia y salvación. Isaías, por ejemplo, exclama: «En gran
manera me gozaré en Jehová, mi alma se alegrará en mi Dios, porque me vistió con
vestiduras de salvación, me rodeó de manto de justicia, como a novio me atavió y
como a novia adornada con sus joyas» (Isaías 61:10;
cf. Job 29:14; Salmo 132:9).
La
iconografía del apóstol relativa a revestirse de Cristo trae a mi memoria un
dicho atribuido a Mark Twain, famoso literato estadounidense: «La ropa hace al
hombre». Sin duda, la ropa provoca una diferencia, desde luego. No sé cuál será
tu caso, pero yo siempre me siento bien cuando estoy bien vestido, especialmente
cuando ello conlleva un traje nuevo hecho a medida para adaptarse a mi
complexión. Es extraño cómo la ropa adecuada puede hacer que nos enderecemos un
poco más y que andemos y actuemos con más confianza. Aunque, ciertamente, la
vida en este mundo es más que la moda, la observación de Twain, en el ámbito
espiritual, da en el clavo. La Biblia usa la vestimenta como una metáfora
significativa de la salvación. Representa una vida cubierta por Cristo. La
metáfora se remonta nada más y nada menos que hasta la historia de la caída en
Génesis, en la que se ve la falta de eficacia del empeño de Adán y Eva por
cubrir su desnudez. El propio Dios tuvo que proporcionarles ropa adecuada
(Génesis 3:21). Como ya hemos visto, la metáfora continúa en los profetas del
Antiguo Testamento (Zacarías 3:3,4). Hasta Jesús se vale de ella en su parábola
de la fiesta de bodas, en la que un invitado se niega a vestirse debidamente
(Mateo 22:1-14). En sus Cartas, Pablo también se refiere reiteradamente a la
salvación como un acto de «vestirse» de Cristo (Romanos 13:14; Colosenses 3:9,
10; Efesios 4:22-24; 6:11-17). Incluso el libro de Apocalipsis menciona la
importancia de contar con vestiduras limpias (Apocalipsis 7:13; 22:14). En una
época que parece estar obsesionada con la belleza física, la idea de «vestirse»
de Cristo es un impactante recordatorio de que la ropa «real» «hace al hombre».
Nuestra unión con Cristo simbolizada por el bautismo significa que lo que vale
para Cristo también vale para nosotros. Dado que Cristo es la «simiente» de
Abraham, como «coherederos con Cristo» (Romanos 8:17), somos también herederos
de todas las promesas contractuales hechas a Abraham y sus descendientes
(Gálatas 3:29). La fidelidad de Cristo es nuestra fidelidad. Su identidad es
nuestra identidad. He aquí la segunda razón que da Pablo por la cual Dios puede
incluir a los gentiles en la familia de su pacto. Pueden ser llamados «hijos de
Dios» porque se han unido a la fe en el verdadero Hijo unigénito de Dios,
Jesucristo (Gálatas 1:15,16; 2:20).
Todo
lo que tenemos como creyentes está arraigado en último término en Cristo. Él es
la única esperanza para la infidelidad y los fracasos que acosaron a la nación
hebrea a lo largo de su historia, y para todos los vicios por los que era
conocido el mundo gentil. Cristo es el gran igualador. Seamos hombre o mujer,
esclavo o libre, judío o gentil, en él todos estamos en pie de igualdad. Tales
distinciones son irrelevantes en Cristo. Todos necesitamos, por igual, que
nuestra vida, que tanto dista de ser perfecta, sea cubierta por el manto
inmaculado de su justicia.
Mayoría de edad (Gálatas 4:1-3)
Acabando de comprar nuestra
relación con Dios como hijos y herederos, Pablo complica esa metáfora al incluir
el tema de la herencia. Su terminología contempla una situación en la que, al
parecer, ha fallecido el propietario de un gran patrimonio, dejando todas sus
propiedades al hijo mayor. Sin embargo, su hijo sigue siendo menor de edad. Y,
como ocurre en situaciones similares aun hoy, el testamento del padre estipula
que su hijo ha de estar «bajo» la supervisión de tutores y administradores hasta
que alcance la madurez. La mayoría de edad se fijaba normalmente entre los 20 y
los 25 años.
[2] Antes de
que llegara ese momento, el hijo era el dueño del patrimonio paterno solo de
título. Mientras fuera menor de edad, era poco más que un esclavo, estando su
vida y sus posesiones controladas y administradas por otros.
Si
bien aquí la analogía de Pablo es similar a la del
paidagogós en Gálatas 3:24, presenta
algunas diferencias marcadas. Aunque el propósito fundamental del apóstol al
comparar la ley con un
paidagogós era destacar su
naturaleza restrictiva, su interés en Gálatas 4 está en la condición del hijo
como menor de edad.
Esto podemos verlo claramente en la palabra griega traducida «niño» en los
versículos 1 y 3. En vez de usar la palabra normal para niño
(páis), emplea una palabra
(népios)
que se refiere específicamente a un niño muy pequeño, un infante. Deriva de un
verbo griego (nepeléo)
que significa «no tener poder». Así, para el apóstol no es simplemente un niño,
sino un infante que aún no ha alcanzado el nivel de madurez necesario para
ocuparse de sus propios asuntos legales. Otra diferencia está en que el poder de
los administradores y gestores que describe es muy superior al de un
paidagogós. Los administradores no solo eran
responsables de la formación del hijo del amo, sino que, además, se ocupaban de
todos los asuntos económicos y administrativos hasta que el hijo tuviera la
madurez suficiente como para asumir por sí mismo esos deberes.
¿Cómo
debemos entender la analogía del apóstol? En el versículo 3, Pablo afirma: «Así
también nosotros, cuando éramos niños estábamos en esclavitud bajo los
rudimentos del mundo». Antes de poder proseguir, tenemos que entender primero
qué quiere decir cuando habla de «los rudimentos del mundo».
Los
expertos debaten sobre qué quiere decir el apóstol exactamente con la expresión
«los rudimentos del mundo» (Gálatas 4:3, 9). La palabra griega es stoijéia
literalmente significa «elementos». Hay quienes ven en ella una descripción de
las sustancias básicas que componen el universo
(cf. 2 Pedro 3:10,12), poderes demoníacos que
controlan este siglo perverso (Colosenses 2:15) o los principios rudimentarios
de la vida religiosa, o sea, el abecedario de la religión (Hebreos 5:12). El
énfasis que Pablo pone en la condición de la humanidad como «niños» antes de la
venida de Cristo (Gálatas 4:1-3) sugiere que aquí tiene en mente los principios
rudimentarios de la vida religiosa. Así, dice que el período del Antiguo
Testamento, con sus leyes y sus sacrificios, fue meramente un silabario
evangélico que esquematizaba lo más básico de la salvación. Por importantes e
instructivas que fueran las leyes morales y ceremoniales para Israel, eran solo
sombras de lo que había de venir. Dios nunca se propuso que ocuparan el lugar de
Cristo. El «nosotros» volvía a referirse a la situación de los judíos en
relación con la ley antes de Cristo.
El
argumento básico del apóstol parece ser que regular la vida en torno a las
reglas de la ley en vez de Cristo es como querer retroceder en el tiempo. Aunque
los judíos eran herederos de las promesas de Dios, su vida religiosa era, en
cierto sentido general, una etapa de inmadurez espiritual. Abordaban el
evangelio solo mediante símbolos: meras sombras de las realidades celestiales
que serían manifiestas únicamente en Cristo (Colosenses 2:17; Hebreos 8:5). Que
los gálatas se volviesen a una experiencia religiosa basada en la ley una vez
que Cristo ya había venido ¡era como que un hijo adulto, en la analogía de
Pablo, quisiera volver a ser menor de edad!
De su
argumento, ¿qué podemos extraer para nuestra época? En primer lugar, es preciso
que nos fijemos en Jesús, no en todos los ritos y los rituales asociados con el
judaísmo. Ello no quiere decir que no podamos entresacar perspectivas
beneficiosas del estudio del Antiguo Testamento. De hecho, el Antiguo Testamento
era la única «Biblia» que tenían los primeros cristianos. Hablo, más bien, de
perdernos hasta tal punto en todos los detalles y los matices de los tipos del
evangelio prefigurados en el Antiguo Testamento que Jesús parezca únicamente un
apéndice y no el antitipo. En segundo lugar, no debiéramos contar con nadie que
nos diga qué hemos de hacer o dejar de hacer en nuestro andar cristiano. No
hablo de la búsqueda de consejo espiritual ni de la obediencia a las
instrucciones divinas consignadas en las Escrituras, sino de no permitir que
ningún ser humano controle nuestro comportamiento religioso. Dios quiere que lo
sirvamos por propia iniciativa como adultos que mantienen una relación con él,
no que nos basemos en instrucciones y reglas que nos impongan otros como si
fuésemos niños.
La acción decisiva de Cristo en la historia humana
(Gálatas 4:4,5)
La venida de Jesús a
nuestro mundo no fue fruto del azar. Pablo dice que llegó en «la plenitud del
tiempo» (BLA), en el momento exacto que Dios había preparado. ¿Qué «tiempo» fue
ese? Desde una perspectiva histórica, se denominó la
pax romana
(la paz de Roma), un período de dos siglos de
estabilidad y paz relativas en todo el Imperio Romano. La conquista romana del
mundo mediterráneo había traído la paz, un idioma común, medios favorables para
desplazarse y una cultura común que facilitó la rápida difusión del evangelio.
Desde la perspectiva bíblica, también marcó el momento que Dios había señalado
para la venida del Mesías prometido según las profecías de Daniel (Daniel
9:24-27).
Por
ello, la entrada de Jesús en la historia humana no fue, ni mucho menos,
accidental. «Dios envió a su Hijo» (Gálatas 4:4). En otras palabras, el Señor
tomó la iniciativa de nuestra salvación. También está implícita en esas palabras
la fundamental creencia cristiana en la eterna deidad de Cristo (Juan 1:1-3,18;
Colosenses 1:15-17; Filipenses 2:5-9). Dios no envió un mensajero celestial ni
un sustituto: vino él mismo. Aunque se trataba del preexistente divino Hijo de
Dios, Jesús también había «nacido de mujer» (Gálatas 4:4). Aunque la expresión
sí implica el nacimiento virginal, afirma más específicamente su humanidad
genuina (cf.
Job 14:1; 15:14; Mateo 11:11). Era necesario que Cristo asumiera nuestra
humanidad, porque no podíamos salvamos a nosotros mismos. Uniendo su divinidad
inmaculada con nuestra naturaleza caída, Cristo cumplía los requisitos legales
para ser nuestro sustituto, nuestro Salvador y nuestro Sumo Sacerdote. La
expresión «nacido bajo la ley» (Gálatas 4:4, BLA) apunta en dos direcciones. Por
una parte, se refiere a la herencia judía de Jesús, pero también incluye el
hecho de que llevó nuestra condenación. Nació bajo la ley «para redimir a los
que estaban bajo la ley» (versículo 4).
Como
aprendimos previamente, la palabra «redimir» significa rescatar. Se refiere al
precio que alguien pagaba para comprar la libertad de un rehén o un esclavo. Tal
como indica este contexto, la redención implica unos antecedentes negativos: una
persona tiene la necesidad de ser liberada. ¿De qué necesitamos ser liberados?
El Nuevo Testamento presenta cuatro cosas: 1) liberación del diablo y de sus
tretas (Hebreos 2:14, 15); 2) liberación de la muerte (1 Corintios 15:56, 57);
3) liberación del poder del pecado que nos esclaviza por naturaleza (Romanos
6:22); y (4) liberación de la condenación de la ley (Romanos 3:23, 24; Gálatas
3:13; 4:5).
Sin
embargo, la compensación o el beneficio definitivos de la vida, la muerte y la
resurrección de Cristo no estuvieron únicamente en redimirnos (por maravilloso
que sea), sino en que «recibiéramos la adopción de hijos» (Gálatas 4:5). Eso
conlleva mucho más que la mera redención, porque en Cristo obtenemos mucho más
de lo que perdimos en Adán. El uso que Pablo hace aquí del «nosotros» parece
referirse no solo a los cristianos de origen judío, sino también a todos los
creyentes gentiles (como implica el «vosotros» del versículo 6). Por lo que
Cristo ha hecho, tanto judíos como gentiles tenemos el privilegio de ser hijos
de Dios, porque solo en Cristo encuentra cumplimiento definitivo la promesa del
Señor a Abraham y sus descendientes.
El privilegio de la adopción (Gálatas 4:6,7)
A
menudo denominamos «salvación» a lo que Cristo ha logrado para nosotros. Aunque
eso es verdad, no llega a ser penetrante y descriptivo como el uso, exclusivo de
Pablo, de la palabra «adopción» (huiothesía
en griego). Aunque es el único autor del Nuevo Testamento que emplea la palabra,
la adopción era un procedimiento legal perfectamente conocido en el mundo
grecorromano. En vida de apóstol, varios emperadores romanos usaron la adopción
como medio para elegir a su sucesor cuando no tenían ningún heredero legal. De
hecho, durante los primeros dos siglos del Imperio Romano, los únicos
emperadores que heredaron el trono por nacimiento fueron Claudio (41-54 d.C.),
Tito (79-81 d.C.) y Domiciano (81-96 d.C.).
La adopción era un acuerdo
legalmente vinculante que garantizaba varios privilegios: 1) el hijo adoptivo se
convertía en el hijo verdadero de su padre adoptivo; 2) el padre acordaba
proporcionar todas las necesidades de alimento y vestido; 3) el hijo adoptivo no
podía ser repudiado; 4) el hijo adoptivo no podía ser reducido a la esclavitud;
5) jamás se permitía que los padres naturales reclamasen el hijo adoptivo; y 6)
la adopción imponía el derecho de herencia.
[3] Si se
garantizaban tales derechos en la esfera terrenal, ¡intentemos imaginar cuánto
mayores son los privilegios que tenemos como hijos adoptivos de Dios!
Ampliando todavía más la
imagen, Pablo afirma que la señal de nuestra adopción es la presencia del
Espíritu de Jesús en nuestra vida (Gálatas 4:16). Demuestra que somos hijos de
Dios porque el Espíritu no es nuestro espíritu, sino el Espíritu de Jesús
(Filipenses 1:19; 1 Pedro 1:11), Aquel que es realmente el Hijo de Dios (Gálatas
1:16,17; 2:20).
[4]
Pero el apóstol no se detiene ahí. Dice que también hay una «prueba» de que
somos hijos de Dios. La evidencia que tiene en mente no es ningún tipo de
autobombo espiritual, como la capacidad de realizar milagros, hablar en lenguas
o tener visiones. No; la prueba es mucho más básica y profunda que todo eso.
Está en el
derecho que tenemos
de llamar a Dios «Abba» (Gálatas 4:6; Romanos 8:15, 16). Los niños judíos usaban
«Abba» para dirigirse a su padre, igual que hoy usamos la palabra «papá». Aunque
los estudiantes de los días de Jesús usaban ese término para referirse a un
maestro reverenciado, Cristo es la primera persona que se dirigió a Dios como
«Abba» (Marcos 14:36). De hecho, puesto que «Abba» es arameo, no griego, Pablo
tiene presente específicamente la costumbre y las propias palabras de Jesús.
Dado que nos hemos unido a Cristo, somos hijos de Dios, y también tenemos el
privilegio y el derecho de llamarlo «Abba».
¿Por qué volver a la esclavitud? (Gálatas 4:8-11)
En Gálatas 4:8-11 Pablo
pide a los gálatas que vivan la vida cristiana como hijos y que no vuelvan a su
situación previa de esclavitud. ¿A qué estaban esclavizados los creyentes
gentiles de Galacia antes de acudir a Cristo? El apóstol no describe la
naturaleza exacta de sus prácticas religiosas anteriores, pero está claro que
tiene en mente la adoración de falsos dioses e ídolos, que da como resultado la
esclavitud espiritual. Aunque Pablo no sea más específico, es probable que aluda
al culto religioso asociado con la devoción al emperador romano. El culto al
emperador y su familia como dioses se convirtió en una práctica religiosa
popular en todo el Imperio Romano, en especial en Asia Menor y Galacia en los
días de Pablo. Las ciudades rivalizaban por el privilegio de dedicar un templo
al emperador y esperaban que la gente mostrara su lealtad a Roma participando
del culto. De forma similar a las fiestas nacionales de la actualidad, a menudo
el calendario de una ciudad giraba en torno a los días dedicados al emperador
–por ejemplo, su cumpleaños, ocasiones especiales durante su vida– y a los
sacrificios periódicos. Pablo se habría encontrado con todo esto durante los
años de su ministerio a lo largo y ancho de Asia Menor. De hecho, los
arqueólogos han desenterrado templos e inscripciones relativas al culto imperial
en dieciocho de los lugares de Asia Menor mencionados específicamente en el
Nuevo Testamento, incluyendo las siete iglesias mencionadas en el Apocalipsis.
[5]
¿Qué
hacían los gálatas que a Pablo le parecía tan censurable? Muchos han
interpretado que su referencia a «los días, los meses, los tiempos y los años»
(Gálatas 4:10) no es una mera protesta contra las leyes ceremoniales, sino
también contra el sábado. Sin embargo, tal interpretación va más allá de la
evidencia. En primer lugar, no tenemos ninguna lista de costumbres judías
idéntica a su lista de Gálatas. Y si de verdad quería señalar el sábado y otras
prácticas específicas judías, está claro por Colosenses 2:16 que podría
fácilmente haberlas identificado por nombre. Pablo, sin embargo, es más ambiguo.
Además, si hubiese estado prohibiendo la práctica de las leyes ceremoniales
judías, su censura a los creyentes de Galacia habría sido una contradicción
directa de la instrucción que da en Romanos 14:5 sobre no condenar a nadie por
observarlas o no. Entonces, ¿qué tiene en mente?
El contexto indica que
Pablo está trazando un paralelo más general entre las prácticas previas de los
gentiles en el paganismo y su disposición a basar su nueva vida cristiana en las
obras de la ley. Es probable que la terminología de Pablo apunte al «repleto
calendario del culto al gobernante [que] presionaba a los ciudadanos [...] para
que observaran los días, los meses, los tiempos y los años que establecía para
reconocimiento y celebración especiales».
[6] Vista
desde esta perspectiva, su lista es mucho más genérica. Meramente intenta
«maximizar las similitudes entre las observancias que los gálatas habían dejado
atrás y las que adoptan o están contemplando adoptar».
[7]
Mantener la debida perspectiva
La
preocupación que había en Galacia con la circuncisión era, para Pablo, una clara
señal de que la iglesia estaba perdiendo de vista la esencia real del
cristianismo. El dicho «las acciones hablan más fuerte que las palabras» se
puede aplicar perfectamente en Galacia. La conducta de los creyentes de aquel
lugar proclamaba que el cristianismo era, fundamentalmente,
algo que tenías que hacer, en vez de
ser
Alguien a quien necesitabas conocer. Era una senda
que llevaba a un sentido defectuoso de orgullo espiritual, o bien al desánimo
espiritual y al fracaso definitivo. Los creyentes de origen gentil corrían el
peligro de recaer en la esclavitud espiritual por intentar
hacerlo todo perfectamente para garantizarse la
aprobación del Maestro. Pablo reta a los gálatas a recordar la identidad que
tienen en Cristo. Lejos de ser esclavos, son hijos de Dios, con todos los
derechos y privilegios que conlleva ser heredero. Su situación era similar a la
historia de un recién converso desanimado que acudió a hablar con Watchman Nee,
famoso cristiano chino.
«Independientemente de lo
mucho que ore, de lo mucho que me esfuerce, parece que, sencillamente, no puedo
ser fiel a mi Señor. Creo que estoy perdiendo mi salvación». Nee dijo: «¿Ves
este perro que tengo aquí? Es mi perro. Está adiestrado; nunca ensucia; es
obediente; para mí, es una pura delicia. Ahí fuera en la cocina tengo un hijo,
un bebé. Lo ensucia todo, tira la comida por todas partes, se mancha la ropa, es
una calamidad. Pero, ¿quién va a heredar mi reino? No mi perro; mi hijo es mi
heredero. Tú eres el heredero de Jesucristo porque murió precisamente por ti».
[8]
También nosotros somos
herederos de Dios, no por nuestro propio mérito, sino por medio de su gracia. En
Cristo tenemos mucho más de lo que jamás tuvimos antes del pecado de Adán. No
olvidemos que en Cristo somos hijos de Dios.
Material provisto por RECURSOS ESCUELA SABATICA ©
[1] Timothy George, Galatians
[Gálatas],
The New American Commentary (Nashville: Broadman and Holman, 1994), tomo 30, p.
276.
[2]
Linda L. Belleville, «"Under Law": Structural Analysis
and the Pauline Concept of
Law in Galatians 3:21-4:11» ["Bajo la ley": Análisis
estructural del concepto paulino de ley en Gálatas 3: 21-4: 11,
Journal for the Study of the New Testament 26
(1986): p. 62.
[3] D. R. Moore-Crispin, «Galatians 4:1-9: The Use and Abuse of Parallels»
[“Gálatas 4:1-9:
El uso y el abuso de paralelos”]
EQ: The Evangelical Quarterly
60 (1989), p. 216
[4] James D. G. Dunn,
The Epistle to the Galatians [La Epístola
a
los Gälatas],
Black's New Testament Commentary (Peabody, Massachusetts:
Hendrickson, 1993),
p.
220
[5] Hans—Josef Klauck,
The Religious Context of Early Christianity [El contexto religioso
del cristianismo primitivo]
(Minneapolis: Fortress Press, 2003), pp. 319-325
[6] Stephen Mitchel, Anatolia: Land, Men and Gods in Asia Minor [Anatolia:
Tierra, hombres y dioses en Asia Menor],
(Oxford: Clarendon Press, 1993), p. 10.
[7] Ben Witherington,
Grace in Galatia
[Gracia en Galacia]
(Grand Rapids: Eerdmans, 1998), p. 299
[8] Lou Nichols, Hebrews: Patterns for
Living
[Hebreos: Pautas para vivir],
(Xulon Press, 2004), p. 31.