| Gálatas: Una respuesta apasionada para una iglesia en problemas |
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| Capítulo 9 - El llamamiento pastoral de Pablo |
El señor Brown tenía fama de ser
un director duro, firme y eficiente, que regía el colegio como si fuera una
cárcel. Caminaba de manera regular por los pasillos como si estuviera montando
guardia en busca de cualquier problema que los prisioneros pudiéramos suscitar.
Y no todo era teatro. Tenía una pala legendaria en su despacho (con agujeros
taladrados de una a la otra cara para mejorar su eficacia) que no tenía temor de
usar en caso necesario. Yo había tenido algún que otro roce con directores del
colegio antes, y sabía que evitar al señor Brown era una buena idea.
Estaba en mi último año en el
colegio, y, dado que mi familia se había mudado varias veces, también era mi
tercer colegio en tres años. Hacía años que mi vida estaba descontrolada. No
tenía interés en las cosas espirituales, y ello se manifestaba con claridad en
el curso que mi vida estaba tomando. En mi segundo año de bachillerato me habían
arrestado siendo menor de edad por conducir bajo los efectos del alcohol, había
sido expulsado del instituto por protagonizar peleas y uno de mis profesores
decía incluso que yo era el peor alumno del colegio. Incontables veces alguien
me había sermoneado sobre lo mala que era mi conducta, y sobre lo necesario que
era que cambiará mi conducta si no quería consecuencias contundentes.
Por eso, cuando el señor Brown
dijo que quería hablar conmigo, me preparé para lo peor. Era un viernes a última
hora de la tarde. Mis amigos y yo habíamos estado bebiendo. Decidimos pasar por
el campo de fútbol, donde se jugaba un partido, para ver si podíamos encontrar
algo de acción, pero lo único que encontramos fue al señor Brown. O, mejor
dicho, él nos «encontró» a nosotros.
Cuando me llevó aparte, me temía
que de verdad me iba a dar una paliza. Me preparé para lo peor. Me puse a la
defensiva. Después de todo, ya lo había oído todo antes. Sin embargo, para mi
sorpresa, me rodeó con su brazo y me dijo: «Carl, ¿qué estás haciendo? ¿Por qué
pasas el tiempo con esos tipos? Sé que vales mucho más que todo esto». Eso me
agarró con la guardia bajada, aunque no se lo expresé. Contesté que no tenía ni
idea de lo que hablaba y me marché. En realidad, no obstante, su manera de
abordarme y las palabras que me dirigió dejaron en mí una impresión profunda y
duradera. Marcaron el comienzo de un punto de inflexión en mi vida que,
acompañado de otros acontecimientos, llevó a mi bautismo en el verano de mi
último año de secundaria. En aquel momento me di cuenta que el señor Brown era
diferente. Me pareció que realmente se preocupaba por mí, que de verdad le
importaba.
Ocurre algo similar en la
Epístola de Pablo en Gálatas 4:12- 20. Hasta ese punto de su Carta, ha venido
enumerando todas las razones teológicas por las que los gálatas estaban errando
el camino. Su argumento ha sido detallado y complejo, y, en ocasiones, su tono
ha estado marcado por una fogosa pasión (Gálatas 1:6-9). Sin embargo, ahora se
detiene de repente, interrumpiendo su discurso, y empieza a hablar de una manera
muy diferente a los gálatas. Su tono es más dulce en las súplicas que les hace
desde el corazón. Sin duda, su cambio repentino pilló a los gálatas con la
guardia bajada, igual que me pasó a mí con el compasivo ruego del señor Brown.
El corazón de Pablo (Gálatas
4:12-20)
A la hora de pensar en el
apóstol Pablo, muchos suelen recordar su lado más rudo: su lengua mordaz (Gálata
5:12), su impaciencia (Hechos 15:37-39) y su manera firme de decir a la gente la
verdad (Gálatas 2:11- 14). Sin embargo, ese retrato no es completo. También
tenía un lado bien amable. La vemos aquí. Gálatas 4:12-20 es uno de los pasajes
más personales, íntimos y apasionantes de todas sus Cartas. En esos versículos,
Pablo, como suele decirse, lleva las emociones escritas en la cara. Incapaz de
reprimirse, expresa libre y abiertamente sus sinceras emociones a la vista de
todos los gálatas.
La indicación inicial de la
inquietud que tanto pesar causaba a Pablo aparece en su llamamiento personal del
versículo 12. Su "os ruego" precede de inmediato su insistencia en que los
gálatas se hagan como él. Desgraciadamente algunas traducciones no transmiten
plenamente la significación del término que usa. La palabra es
déomai. Y aunque puede traducirse "rogar"
(RV95, LBA) o «suplicar» (NC, NVI, SA), el término griego conlleva un sentido
más intenso de desesperación. Por ejemplo, en 2 Corintios 5:20 se traduce
«rogar» (RV95, LBA, NC, NVI, DHH), «pedir» (SA, NBE) o incluso «suplicar» (PER).
Por ello, el sentido de lo que dice es, en realidad: «¡Les suplico y les ruego
que cambien de rumbo!».
La inquietud de Pablo no se
fundamentaba simplemente en ideas teológicas o en puntos de vista sobre
doctrina. Su corazón estaba ligado al de la vida de las personas que habían
aceptados a Cristo por medio de su ministerio. Se consideraba más que un amigo:
era su padre espiritual, y ellos eran sus hijos (1 Corintios 4:14,15; 1
Tesalonicenses 2:7; Filemón 10). Más que eso, su llamamiento personal se
manifiesta en la forma en que compara su inquietud por los gálatas con la
preocupación y la angustia que acompañan a una madre en el nacimiento de sus
hijos (Gálatas 4:19). Cuando fundó la iglesia de Galacia, el apóstol había
creído que su «parto» previo había sido suficiente para el «alumbramiento sin
riesgos» de aquellos creyentes. Sin embargo, ahora que los gálatas se habían
apartado de la verdad, el apóstol experimentaba otra vez los dolores de parto
para garantizar su bienestar. Rara Pablo no era un juego. Sabía que la imagen
que los gálatas tenían de Cristo y su comprensión de lo que el Señor requería de
ellos afectarían todos los aspectos de la vida de esos creyentes, y que, en
última instancia, su destino eterno estaba en juego.
Habiendo descrito primero a los
gálatas como si se estuviesen formando en el útero, Pablo mezcla sus metáforas,
ya que también les habla como si fuera una madre en estado de buena esperanza.
«Hijitos míos, por quienes vuelvo a sufrir dolores de parto, hasta que Cristo
sea
formado en vosotros» (versículo 19). La
palabra griega traducida «formado» se usaba en medicina para referirse al
desarrollo de un embrión en el seno materno.
[1] Por medio de
su metáfora, Pablo describe lo que significa ser cristiano, tanto individual
como colectivamente como iglesia. Ser un seguidor de Cristo es más que la simple
profesión de fe: también implica una radical transformación a semejanza de
Cristo. La cuestión fundamental, según le parecía a Pablo, era mucho más que una
acción externa, como la circuncisión, porque, como observa León Morris, Pablo
«no buscaba alteraciones accesorias en los gálatas, sino una transformación tal
que verlos a ellos fuera ver a Cristo».
[2]
Teniendo en cuenta esta visión
básica de conjunto del pasaje, analicemos ahora algo más de cerca algunos de los
detalles específicos que encontramos en él.
El reto de ser como Pablo
(Gálatas 4:12)
Un aspecto sorprendente de esta
sección de Gálatas es el llamamiento extendido por Pablo de que los gálatas se
hagan «como yo» (Gálatas 4:12). Desde luego, su llamamiento a la «imitación» no
suena muy modesto. ¿Cómo debemos interpretar su declaración?
En sus Cartas, Pablo anima en
varias ocasiones a los cristianos para que se inspiren en su conducta como
modelo. En cada situación se presenta como un ejemplo, cargado de autoridad, que
los creyentes deberían seguir. Por ejemplo, en 2 Tesalonicenses 3:7-9 se propone
como una ilustración de la forma en que los creyentes de Tesalónica deberían
trabajar para ganarse el sustento y no ser una carga para los demás. Insta a los
corintios a ser como él al poner el bienestar de los demás antes que el propio
(1 Corintios 11:1). Y en Filipenses 3:17 Pablo insta a los creyentes a compartir
su decisión de ser fiel a Cristo hasta el mismísimo fin. Aunque pueda pedir a
sus seguidores que emulen su comportamiento, su preocupación en Gálatas parece
algo diferente.
Gálatas 4:12 no usa la palabra
griega traducida «imitar»; en vez de ello, Pablo usa el verbo «ser». ¿Por qué
esa diferencia? El problema de Galacia no era un comportamiento inmoral ni un
estilo de vida impío, como en la iglesia de Corinto (1 Corintios 5; 6). La
problemática de Galacia estaba arraigada en la esencia del propio cristianismo.
Tenía que ver con el ser, no con el comportamiento. El apóstol no decía
simplemente: «Actúen como yo», sino «Sean lo que soy yo». Precisamente la misma
terminología de Gálatas 4:12 aparece en su llamamiento a Herodes Agripa II en
Hechos 26:29, en el que Pablo dice: «¡Quisiera Dios que por poco o por mucho, no
solamente tú, sino también todos los que hoy me oyen, fuerais hechos tales cual
yo soy, excepto estas cadenas!». En otras palabras, se refiere a su experiencia
como cristiano, cuyo cimiento está en Cristo solo. En cambio, los gálatas
atribuían más valor a su conducta que a su identidad en Cristo.
Aunque Pablo no dice
específicamente cómo quiere que los gálatas se hagan como él, el contexto indica
que no era una declaración general que abarcaba cada aspecto y detalle de la
vida del apóstol. Dado que su preocupación está en la religión de los gálatas,
centrada en la ley, no hay duda de que el apóstol tiene en mente el amor
maravilloso, el gozo, la libertad y la certidumbre de la salvación que había
encontrado en Jesucristo. En vista de la maravilla sobrepujante de Cristo, Pablo
había aprendido a considerar todo lo demás como basura (Filipenses 3:8, 9). Y
anhelaba que los propios gálatas tuvieran esa misma experiencia.
Naturalmente, cuando el apóstol
habla de tomar su conducta o su ser como modelo, ello sigue sin eximirlo de la
acusación de ser orgulloso. Aunque su invitación a ser imitado pueda
sorprendernos inicialmente hoy, me parece que no es incoherente con la humildad
cristiana. Debemos entender sus afirmaciones en su contexto. En primer lugar, no
sugieren en lo más mínimo que estuviera intentando ocupar el lugar de Cristo.
Reconoce abiertamente que el ejemplo supremo de todo cristiano es Cristo,
únicamente Cristo (Filipenses 2:5-8). Además, Pablo nunca reivindicó haber
alcanzado ninguna especie de perfección inmaculada (1 Timoteo 1:15; Filipenses
3:12-15). Como todos nosotros, sin duda había cosas en su vida que le habría
gustado no hacer.
Lejos de que Pablo fuera
inmodesto, Richard Hays cree que el reto del apóstol a sus lectores en cuanto a
la imitación refleja sabiduría por su parte como dirigente espiritual. ¿Por qué?
Porque «únicamente a través del ejemplo de los demás aprendemos quiénes somos y
cómo actuamos. [...] Creyendo que su propia vida, de hecho, estaba conformada al
ejemplo abnegado de Cristo, Pablo estaba dispuesto a ofrecerse como modelo de
conducta».
[3] Está claro
que Pablo creía que no debería haber desconexión entre lo que los cristianos
profesamos y las decisiones que adoptamos de forma cotidiana en cuanto al estilo
de vida. ¡Ojalá hubiese más ejemplos fieles entre los dirigentes de la iglesia
hoy! Quizá nuestra sorpresa ante los comentarios de Pablo sobre la imitación
dice más de los problemas que nos hemos acostumbrado a ver en nuestra cultura y
en nuestra vida que de él.
Me he hecho como ustedes
(Gálatas 4:12)
A primera vista, la afirmación
de Pablo de Gálatas 4:12 tiene poco sentido. ¿Cómo puede pedir que los gálatas
se hagan «como yo» cuando afirma: «Yo también me hice como vosotros»? Si se ha
hecho como ellos, ¿no socava eso por completo su llamamiento a que ellos se
hagan como él? ¿Qué quiere decir exactamente?
Como ya hemos visto, quería que
los gálatas fuesen como él en cuanto a su fe y su confianza en la plena
suficiencia de Cristo para la salvación. Sus comentarios en el sentido de que se
hizo como ellos eran un recordatorio de cómo, aunque era judío, se había hecho
gentil, como ellos, «sin la ley», para poder alcanzarlos con el evangelio: algo
completamente contrario a la manera en que Pedro se había comportado en
Antioquía. Pedro elegía vivir como un gentil, pero obligaba a los gentiles a
vivir como judíos (Gálatas 2:14). Sin embargo, en vez de separarse de los
gentiles por razones de pureza ritual
(cf.
Hechos 10:28), Pablo se asoció libremente con ellos como si él mismo fuera
gentil. El apóstol también aprendió a predicar el evangelio tanto a judíos como
a gentiles: y, según 1 Corintios 9:19-23, aunque su evangelio siguió invariable,
su método variaba dependiendo de las personas a las que intentaba alcanzar.
«Pablo fue pionero en lo que hoy llamamos contextualización, la necesidad de
comunicar el evangelio de tal manera que hable al contexto total de las personas
a las que se dirige».
[4]
Algunos consideraban con
sospecha la disposición del apóstol a hacerse gentil para alcanzar a los
gentiles. Parecía peligroso; de hecho, sigue causando hoy la misma incomodidad
en algunas personas que hace casi dos mil años. ¿Exactamente hasta dónde habría
que llegar para intentar contextualizar el evangelio? ¿Hay algún límite? ¿Puede
irse realmente demasiado lejos cuando intentamos llevar una persona a Cristo?
Los comentarios del propio Pablo
en 1 Corintios 9:21 indican que creía que, en efecto, sí existen límites en lo
tocante a la contextualización del evangelio. Menciona, por ejemplo, que, aunque
gozamos de libertad para llevar a cabo la labor misionera de diferentes maneras
a judíos y gentiles, esa libertad no incluye el derecho a tener un estilo de
vida completamente anárquico, porque los cristianos estamos bajo «la ley de
Cristo». Un autor ha sugerido la siguiente directriz básica: «En la medida que
podamos separar el meollo del evangelio de su crisálida cultural, de
contextualizar el mensaje de Cristo sin comprometer su contenido, también
nosotros deberíamos hacernos imitadores de Pablo».
[5]
Aunque el apóstol no proporciona
ninguna directriz específica sobre cómo contextualizar el evangelio, las
Escrituras sí consignan varios ejemplos respecto a cómo procuró hacerlo él
mismo. El ejemplo más conocido es su tentativa de compartir el evangelio con los
filósofos epicúreos y estoicos en el Areópago de Atenas (Hechos 17:16-34).
En el libro de Hechos los
gentiles a los que el apóstol lleva a Cristo son típicamente paganos que ya
tienen interés en el judaísmo y que incluso han acudido a la sinagoga. Por ello,
cuando el apóstol comparte el evangelio con esos gentiles (y judíos), su
apelación es que
Jesús es el Mesías prometido y predicho en
las Escrituras (Hechos 17:2, 3; 13:17-48).
Sin embargo, en Atenas la
situación era muy diferente. Pablo intentó predicar el evangelio a gentiles que
no tenían una conexión previa con el judaísmo y que, desde luego, no atribuían
valor alguno a las Escrituras hebreas. Así, en vez de apelar a las Escrituras,
usó, como puntos de conexión con los atenienses, un altar anónimo dedicado a una
deidad desconocida y pasajes de dos poetas paganos. Proclamó que el único Dios
verdadero es el Creador del universo, el Sustentador de la vida, el Gobernante
de todas las naciones, el Padre de los seres humanos y el Juez del mundo entero.
[6] Sin embargo,
cuando empezó a referirse a Jesús y su resurrección de la tumba, los filósofos
atenienses perdieron la paciencia y empezaron a burlarse del apóstol.
A menudo escuchamos que el
método de predicación de Pablo en Atenas no solo resultó infructuoso, sino que
era erróneo. Supuestamente desanimado por el limitado número de conversos,
renunció a su tentativa de contextualizar el evangelio y decidió predicar
únicamente «a Jesucristo, y a este crucificado» (1 Corintios 2:2). No coincido
con ese punto de vista. En una visita que hice a Atenas recientemente, mantuve
una interesante conversación con una cristiana griega de esa ciudad en cuanto a
si la labor del apóstol en Atenas tuvo éxito. La respuesta que me dio me pareció
que estaba cargada de sentido. Me dijo: «No acabo de entender por qué la gente
cree que el empeño de Pablo por predicar el evangelio en Atenas fue tan poco
fructífero. Está claro que el libro de Hechos no dice mucho de la iglesia de
Atenas. Pero sí dice que el apóstol ganó al menos un puñado de conversos, y
hasta nombra a dos de estos. El hecho es que hoy yo soy una cristiana griega a
causa del mensaje que Pablo predicó hace dos mil años. ¿Cómo puede alguien
llamar fracaso a eso?».
Aunque predicó a los atenienses
de una forma poco tradicional, el contenido básico de su mensaje siguió siendo
el mismo. Se puso los arreos de otra cultura para compartir con sus miembros una
cosmovisión distinta a la propia. En esa situación, estuvo dispuesto a vivir
como alguien ajeno a la ley a fin de alcanzar para Cristo a las personas ajenas
a la ley. Encontramos otros ejemplos de esto en 1 Corintios 8:8-13 y Gálatas
2:11-14.
A la vez, Pablo no fue esclavo
de su propia libertad. Para contribuir a reconstruir las relaciones con los
creyentes judíos que creían que socavaba por entero la rica herencia del
judaísmo, participó en un rito de purificación relacionado con el templo judío.
Atendiendo la solicitud de Santiago, pagó incluso los gastos de cuatro
cristianos judíos que habían tomado el voto del nazareato (Hechos 21:23-26). Por
supuesto, para Pablo toda la idea de la purificación era algo no esencial.
Puesto que había sido purificado en Cristo, el apóstol habría podido razonar con
Santiago que tal acto era ridículo. Siendo libre en Cristo, no era necesario que
se sometiese al ritual judío para ser purificado. No obstante, Pablo consintió.
Estaba dispuesto a vivir como alguien que está «bajo la ley» si ello podía hacer
más eficaz su testimonio en pro de Jesús.
En la actualidad, todo esto
suscita una cuestión básica para nosotros. Como cristianos, ¿intentamos
contextualizar el evangelio ante el mundo cambiante que nos rodea? ¿O nos hemos
acomodado hasta tal punto con la forma en que siempre hemos realizado la
evangelización que estamos poco dispuestos a probar algo diferente?
Independientemente de nuestra postura sobre el asunto de la contextualización
del evangelio, Pablo es claro. Un solo método de evangelización de la comunidad
o un solo juego de sermones de evangelización y de presentaciones de PowerPoint
no alcanzarán a todas las personas para Cristo. Es preciso que haya más de una
manera para compartirlo con ellas.
Entonces y ahora (Gálatas 4:13-15)
Mientras se desahoga con los
creyentes de Galacia, Pablo les recuerda que su relación no siempre había sido
tan difícil y tan gélida como la que tenían en aquel momento. Como un cónyuge
que rememora el pasado, se remonta en sus reflexiones al momento en que predicó
el evangelio por vez primera en Galacia. ¡Su relación con los gálatas había
empezado tan bien! ¿Qué había pasado?
Algunos comentarios de Pablo
sugieren que, por lo visto, en un primer momento no había sido su intención
predicar el evangelio en Galacia. Alguna enfermedad lo había asaltado en su
viaje por la región, lo que lo obligó a quedarse en Galacia más tiempo del
esperado, o bien tuvo que viajar a Galacia para recuperarse. ¿Cuál fue la
naturaleza exacta de su afección? Lamentablemente, no nos da los detalles que
nos gustaría conocer. Hay quienes han sugerido que contrajo paludismo; otros se
preguntan si padecería epilepsia; y otros, basándose en su referencia a la
disposición de los gálatas a arrancarse los ojos para dárselos a él, proponen
una enfermedad ocular. Su enfermedad también puede estar relacionada con la
«espina en la carne» que menciona en 2 Corintios 12:7-9 (LBA).
Con independencia de la
enfermedad que padeciera, Pablo sí nos dice que era tan molesta que fue una
prueba no solo para él, sino hasta para los propios gálatas. En un mundo en el
que la gente a menudo veía en la enfermedad una señal de desagrado divino
(cf.
Juan 9:1, 2; Lucas 13:1-4), la condición del apóstol podría haber dado a los
gálatas una excusa para rechazarlos a él y a su mensaje. Pero no lo hicieron. En
vez de ello, le dieron la bienvenida de todo corazón. ¿Por qué? Solo había una
razón: La buena nueva de lo que Jesús había hecho por ellos en el Calvario
(Gálatas 3:1) y la convicción del Espíritu Santo habían enternecido su corazón.
Pablo y los gálatas habían establecido un vínculo especial de afecto. Habían
atendido sus necesidades físicas, y él las necesidades espirituales que ellos
tenían. Estaban tan llenos de gratitud y amor por él que habrían hecho cualquier
cosa por el apóstol, aunque hubiera supuesto una pérdida personal para ellos
(Gálatas 4:15). Había sido el mejor de los tiempos. Los sentimientos de Pablo
hacia ellos no habían cambiado. ¿Qué razón podían dar ellos ahora de su cambio
de actitud?
Decir la verdad (Gálatas 4:16)
Todo lo que Pablo había hecho
era decir la verdad a los gálatas sobre su situación espiritual. A menudo, la
expresión «decir la verdad» tiene la connotación negativa de una táctica
contundente, sin tapujos ni miramientos, de contar a alguien los hechos, sin
importar lo desagradables o superfluos que puedan ser. Es como obligar a alguien
a que se tome una medicina. Puede que no te guste, ¡pero es por tu bien! Y, si
no fuera por los comentarios de Pablo en Gálatas 4:12-20 y algunos más
esparcidos por su Carta (ver Gálatas 6:9, 10), podríamos llegar a la conclusión
equivocada de que su interés en la verdad del evangelio pesó más que cualquier
expresión de amor. Sin embargo, está claro que no es así. Si la verdad y el amor
son genuinos, los dos nunca pueden andar separados.
Pablo usa la palabra «verdad»
otras tres veces en su Epístola a los Gálatas. Se refiere a «la verdad del
evangelio» en Gálatas 2:5 y 14. En Gálatas 5:7 pregunta quién los estorbó para
no obedecer la verdad. Así, que Pablo diga la verdad a los gálatas no implica
reprenderlos por sus errores, sino, más bien, proclamarles la realidad
maravillosa del evangelio. Por supuesto, no significa que la verdad nunca hiera.
Sí hiere. De hecho, a menudo se percibe como una ofensa al orgullo humano. El
mensaje evangélico de Cristo y de Cristo solamente no deja lugar alguno para el
orgullo humano ni para presumir de nuestros logros.
Exactamente ese es el argumento
de Pablo. A diferencia de la franqueza del evangelio del apóstol, sus
adversarios estaban cortejando activamente el favor de los gálatas por motivos
egoístas, no porque los amaran. La circuncisión era cuanto de verdad les
importaba. John Phillips resume con mucho acierto el marcado contraste entre
Pablo y sus adversarios. El apóstol «había llegado para evangelizar; ellos, a
hacer proselitismo. Pablo había llegado a ganarlos para una Persona; ellos, a
que se sumaran a un partido. Los gálatas serían una estrella en la corona de
Pablo, no hay duda. Sin embargo, cuanto querían los judaizantes era convertirlos
en un triunfo personal».
[7]
No está claro del todo qué
quiere decir Pablo cuando afirma que sus adversarios «quieren excluiros»
(Gálatas 4:17). Aunque es posible que se refiera a un intento de excluirlos de
la comunión y la compañía de los cristianos de origen gentil, es más probable
que indique un intento de privarlos de los privilegios del evangelio si no se
sometían «primero» a la circuncisión (Hechos 15:1). En cualquier caso, el
resultado sería el mismo: los gálatas recurrirían entonces a los judaizantes en
busca de orientación y dirección espiritual. Sus adversarios buscaban
seguidores. El apóstol, en cambio, quería que los gálatas siguieran a Cristo.
Cuando se compara con todas las
doctrinas y perspectivas teológicas que Rabio ha acumulado en otros pasajes de
Gálatas, podemos sentirnos tentados a pensar que Gálatas 4:12-20 no es tan
impresionante o significativo. Por ejemplo, no dice gran cosa sobre las
doctrinas cardinales que forman la base teológica de la fe cristiana. Sin
embargo, tal evaluación sobre el valor relativo del pasaje estaría del todo
errada. Aunque es posible que no diga mucho de doctrina eclesiástica, sí revela
mucho sobre el contexto en que debiéramos estudiar la doctrina y aplicarla a la
vida cotidiana del creyente y de la iglesia.
En primer lugar, debiera recordarnos que, con independencia de lo importante que sea la «verdad» para nosotros, la verdad tiene que ver, en último término, con el amor de Dios por la gente y no meramente con un conjunto de creencias muy bien empaquetado. ¿De qué sirven las creencias si no logramos demostrar a los demás que realmente nos preocupamos por ellos personalmente? Hemos de interesarnos por ellos por ser quienes son, no meramente en lo que queremos que hagan. En segundo lugar, en un mundo en que la producción en masa parece la clave del éxito global, los comentarios de Pablo sobre hacernos a los demás deberían recordarnos que nunca hemos de buscar un solo método o una sola estrategia para llevar el mundo a Cristo, no importa lo «bueno» que parezca tal método. Por último, aunque Cristo es nuestro ejemplo supremo de vida que debemos imitar, nuestra vida, como seguidores suyos, debiera ser también una ilustración para los demás de lo que significa llamarse cristiano.
Material provisto por RECURSOS ESCUELA SABATICA ©
[1]
Filón, Leyes
especiales, iii.117
[2]
Leon Morris,
Galatians: Paul's Charter
of Christian Freedom [Gálatas: El fuero de la
libertad cristiana de Pablo] (Downers Grove, Illinois: InterVarsity
Press,
1996), p. 142.
[3] Richard B. Hays, First
Corinthians, Interpretation, a Bible Commentary for Teaching and
Preaching
[Primera
de Corintios, interpretación; comentario bíblico para
la enseñanza
y la predicación]
(Louisville: John Knox Press, 1997), p. 180.
[4] Timothy George, Galatians
[Gálatas],
The New American Commentary (Nashville: Broadman and Holman, 1994), tomo 30, p.
321.
[5]
Ibíd.,
pp. 321, 322.
[6] John Stott, The Spirit, the Church
and the Word The Message of Acts [El espíritu, la
iglesia y el mundo: El mensaje
de Hechos]
(Downers Grove, Illinois: InterVarsity Press, 1990), pp. 284-288.
[7] John Phillips, Exploring Galatians
[Exploración
de Gálatas]
(Grand Rapids: Kregel, 2004), p. 129.